Alúe

Juan Díaz de Solís descubrió en 1516 un pardo río al que llamó Mar Dulce.

Poco tiempo duraría en sus ojos el paisaje nuevo.

El desembarcar junto a algunos compañeros, manos de hombres nativos dispararon certeras las flechas matadoras y la sangre hispana se diluyó en las aguas del estuario.

Sólo uno de ellos -el grumete- quedó prisionero del indígena.

Pasado el tiempo, otros expedicionarios aseguraron al regresar a España, haber visto en ese preciso sitio una cruz roja y brillante hamacándose sobre las aguas del Río de la Plata.

Pero, dónde Solís.

Dónde sus acompañantes, aquellos que cayeron junto a él, y dónde los otros tripulantes y aquel grumete salvado por milagro.

Legendarios mitos se tejieron después en contestación a estos interrogantes, mitos que aún hoy impregnan la historia de América.

Quisiera despertar aquella historia.  Quisiera regresar a aquellos indígenas que bailaron sus plumas por entre las filas primeras de los juncos.  Quisiera realzar la imagen de aquellos náufragos que en el calor del desafío y despojados de todos los miedos, permitieron que mucho más tarde, América se inscriba bajo el signo tutelar de aquella cruz.

 

Fue -dicen-, muy cerca del sitio donde las aguas del Paraná y del Uruguay se abrazan.

Fue -dicen-, en la costa misma donde el indio expectante y con el sigilio de su propia raza desató la matanza triunfal.

Y el río convertido en mortaja, corrió como lápida líquida y fugaz sobre los cuerpos de esos españoles que, junto a Solís, avizoraban esas costas por primera vez.

Pero los sobrevivientes se atrevieron a las carabelas y locos de odio huyeron a unirse con la flota y resolvieron regresar a Europa.  Exacerbaba su valentía los infinitos y desgarrantes ecos de:

“Le dieron al Jefeee  Jefeee”

“Matarooonnn a Solíiisss.  Le dieroooonnn al Jefeee”

“Lo devoraaannn lo devoraaannn lo devoraaannn”

Y los ecos avanzan y se revuelcan, conmocionan las aguas, se astillan contra el viento y van a morir prietos contra la costa o se abanican pesarosos en el extremo de los despertados juncos.

“Perroooss nos revieenntaannn connn sus flechaaasss”

Tiembla la tierra americana en tanto un torvo presagio la recorre.  Es un gemido ancestral que se inserta en el viento e insinúa la pérdida de su dominio.

Desde entonces, cada noche, un odio diferente se engendra entre los españoles que lograron salvarse y esos otros seres que sentían hasta en la carne el despojo de su tierra.

Si.  Flecheros guaraníes (1), sagaces, certeros, habían clavado sus saetas en los cuerpos de los extraños hombres que descubrieron desde la costa.  Al arribar a la isla de Santa Catalina se pierde una de las Carabelas y queda en esa costa entre otros, Enrique Montes, quien, con estrenada habilidad, confunde por las noches a los indios con improvisadas estrategias y acaba siendo una sombra más entre las sombras de la espesa maraña de Santa Catalina.

Las noches se desmayan sobre la tragedia, y el blanco que logra salvarse se apropia de la tierra nueva y la trayecta con coraje y sacrificio.

Después de muchos días, distingue una silueta fantasmal que se mueve más allá, y lo persigue incansable.  No son las ramas altas las que crujen, ni pájaros que danzan en el vientre del viento.  Observa con sigilio.  Es una mujer de cobre la que avanza.  No lleva flecha, nó.  Se acerca.  Montes (2) desconfía: “una celada” -piensa-, pero el encuentro se produce al fin.

Montes evocará mucho más tarde ese instante en el que sintió efervescer su sangre con la fuerza de una pasión ardiente, nueva, que invalidó toda su resistencia.

Y en ese mundo de desesperanzas, junto a las sombras nocturnales, nace una primera esperanza entre el dolor y las angustias.

Montes, desde ahora, se atreverá cada noche a esas sombras, e irá en busca del brillo de unos ojos tan sedientos de pasión como los suyos.  Los descubre y se deslumbra por la oscura magia de la india que lo enfrenta; vence el resto de desconfianza que lo invade, y avanza hacia el encuentro carnal de la flor del nuevo mundo.

Entonces Montes y la hembra de cobre por la que fue elegido, y porque los designios imperan aún entre las sombras estrenadas y porque la mujer es mujer y el hombre es hombre desde aquel Primer Paraíso, la tiende sobre el espeso y agreste tálamo y la posee con un ardor desconocido.

Es una amor de locura el que despierta en medio de la isla: él susurra palabras con la cadencia de su estirpe española y ella, con los sonidos copiados a la tierra.  Y la entrega es total, profunda, va más allá del color de la piel que los limita.

Montes observa las estrellas.  Difieren de las de su mundo, y desde ahora, van a alumbrar el refugio que ella eligió, ahí, entre los juncos cercanos al río que cuyas aguas cubrieron a los suyos para siempre.

Montes, que tantos meses traía de vivir cercano al agua, no pudo sino darle ese nombre a la india amada y la llamó, “Agua”.  Ella entendió las señas, y refrescante como el agua misma, le enseñó a decir agua en su idioma con la cadencia de su lengua, y pronunció, “ALÚE” (3).

Gemidos de amor se enlazan ahora al gemir de la selva.

El olvida todo miedo cada vez que sus cuerpos  se conjugan en la oscuridad y algo de luna se filtra en el refugio por el artesanado de las altas ramas.  Alúe es suya, como su sangre.

El tiempo se deshila.

En secreto, siempre ella junto a Montes, preparan algunas flechas y cueros y una noche, carente de luna y sin estrellas, parten en busca de ese más allá traza el horizonte, más lejos, muy lejos.

Atrás quedaba Solís comido por los indios, los compañeros desaparecidos y un nido vacío que las aguas seguirían acariciando al pasar inagotables.

Y te fuiste, junto a ella, Montes, tierra arriba.  Cuando el hambre acudió, Alúe eligió los frutos justos que supo cortar, supo frotar las piedras para el fuego y levantó refugios de cuero y pirca.  “El indio no atacar si no lo atacan” -te decía- atreviéndose apenas con su voz de viento que ibas ya entendiendo.  Mucho habían caminado.

Tiempo después notaste que su caminar se hacía más pausado.  Con cada luna, crecía su vientre de cobre.  Le enseñaste a cubrirse y a despojarse de las plumas, y ella, sólo te pidió collares de colores.  “Concedido” -dijiste- y ella:

“Alúe ser toda risa para Montes”.

Cuando te hirió aquel indio de otra tribus, corrió en busca de flor de enredadera, arrancó tela de araña de entre las pircas y te curó con su paciencia.  Después habló con ellos explicándoles que no era tu fin el perseguirlos, que les enseñarías a trabajar la tierra, que no todos los blancos eran malos, que les prestarías caballos.  Así los retuvo en las cercanías del río donde habían decidido afincar.

Siempre en tu vida el agua, Montes: ahora era el Carcarañá.  Así te lo nombraron.  Con algo de desconfianza aquietaron los ánimos los unos y los otros y acabaron construyendo juntos un mínimo fortín en el sitio nombrado.

“Montes, náufrago de la expedición de Solís, el caudillo” -te decían-.  Así le contó Montes a Gaboto y Gaboto lo refirió para la historia, muchos años después.

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“Desde las sombras eternas, yo, Enrique Montes, regreso por sobre antiguos tiempos para recordar aquella noche de mi espinada vida porque quiero dejarla también para la historia.

Alúe dormía junto a mí.  A poco de dormirme sentí su mano tomar fuerte la mía y sin una palabra, me llevó hasta la orilla del Carcarañá que pasaba silencioso salpicando apenas  con cristales de agua.  La ví acostarse sobre el suelo húmedo y sin una queja, se abrió como una flor de enredadera.  Desgajadas sus entrañas, cayó nuestro hijo sobre la tierra americana: era el hijo producto de su sangre y de la mía.

Escucho todavía aquel primer vagido alejándose sobre el dorso del Carcarañá, que fue llevando la fuerza del pampero.

Por ese llanto pequeñito, conocería el mundo que había nacido el fundador del mestizaje de América.

Después, lentos, los tres hechos una sola sombra, regresamos al Fortín”.

 

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(1) Según Enrique de Gandía una tribu nómade de indios guaraníes de costumbres antropófagos, fueron los que atacaron la expedición de Solís.

(2) Montes, Enrique: Según la historiadora Catalina Pistone cuenta que fue un náufrago de la expedición de Solís, que encontró Gaboto en el Puerto de Santa Espíritu.

(3)Alúe: En lengua de indios charrúas significa Agua.

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El pájaro blanco

(indice)

“Las antinomias y oposiciones que desunen a los individuos en un plano de actividad humana, son a menudo irreconciliables dentro del mismo plano en que se dan; y lo serían definitivamente si no existiera un plano superior en que lograran reconciliarse por “altura”.

L. MarechaL

 

Hubo un momento en que todo Buenos Aires hablaba del pájaro blanco.

Alguien dijo que sobrevolaba la calle Lavalle a la salida de los cines después de la última función de la  noche.

 

-Vi la sombra cuando se alejaba y yo salía de la primera- dijo Luis.

Y Juan:

-Te habrá parecido.  Esteban y Guillermina lo vieron parar casi a la altura de sus cabezas y era mucho más tarde.

Y Elena:

-También lo vieron a esa hora los amigos de mis hijos, pero según ellos el vuelo no era tan rasante y nos contaron que tenía plumas largas en el extremo de las alas.

-Esteban y Guillermina no opinaron lo mismo.  Una nubecita redonda de plumas -le oí decir a Guillermina.

En las oficinas, en los hogares y en la calle, el pájaro blanco era un misterio emplumado que rodeaba las mentes, incitaba y apuraba latidos.

Yo también fui muchas veces a la calle Lavalle.  Observaba a la gente y buscaba a ese pájaro que todos veían pero describían de manera distinta.

Una sola cosa uniformaba los relatos y era su blancura.

Y Lavalle, la apretujada Lavalle, donde alguna que otra vez la violetera del gran canasto une su pregón al rumor de los comentarios de las películas, tuvo ratos de silencio, movido sólo por el retumbar de los pasos.

Ya no importaban las películas.  Ahora eran sólo el pretexto que marcaba el minuto esperado.

 

-¡Allá!, ¡allá!, ¡sobre el letrero verde! ¡Qué plumas tan pálidas y qué alas!

-Pero si no son tan largas...

-Las largas son las de la cabeza.

-No sé, lo vi de golpe.

-Yo vi primero la sombra.

-Parecía que buscaba un lugar donde apoyarse, pero después alzó alto el vuelo y desapareció.

 

En los distintos diarios comenzó a hablarse del pájaro blanco. Las primeras noticias pudieron leerse en las últimas páginas, luego pasaron a las del centro y después...

Los hechos se sucedían de manera extraordinaria.

Lavalle se hizo un río humano que buscaba el cielo.  La gente se hablaba sin conocerse.  Caminaban una al lado de la otra y la mirada los ataba más arriba, por sobre sus cabezas.  Hablaron mucho de ese pájaro blanco que para algunos casi llegaba a ser un aguilucho, para otros paloma o canario o acaso golondrina cambiada de color.

Se hilvanaron historias de pájaros símbolos, de mensajes ultraterrenos traídos por almas emplumadas que desde el cielo, descendían hasta los hombres.

De luz.

De amor.

De esperanza.

Hasta que un día un rumor excitante transitó la ciudad:

“De cualquier manera se debe dar caza al pájaro blanco”.

El rumor se convirtió en cita y la calle Lavalle el lugar de encuentro.

La noche de ese día una sombra clara comenzó a moverse de oeste a este, más o menos a la altura de los primeros pisos.

Entonces todos la vimos, todos.

la fuimos siguiendo.

La sombra se fue llenando de plumas blancas, brillosas, pegadas.

Después emplumó otra más larga en el borde de las alas y de la cola.  Sobre la cabeza le crecieron unas pocas como hilos, donde me pareció ver, enganchados, pedacitos de nubes que temblaban al volar.

De pronto descendía algo.  Casi se apoyaba sobre alguna cabeza, pero después se alzaba silencioso como si fuera un papel con alas movido por aires invisibles.

Se lo veía aletear y entonces un aire renovador nos permitía respirar a todos con menos dificultad.

Lavalle humana era un silencio caminando detrás de otro silencio piadoso de esperanza blanca, que ya iba más allá de Florida.

Nadie sintió cansancio.

Nadie turbó ese vuelo amenazado tras el que íbamos sin saber por qué, ni para qué, ni hacia dónde.

Y el pájaro nos fue llevando hasta desembocarnos en la Plaza de Mayo.

Ahí fue cuando creímos perderlo.  Pero no.  Rodeó la Catedral y tomando impulso se alzó hasta la altura de los edificios que circundaban la plaza.

Después lo vimos más grande, más blanco, más rápido.

También nosotros aceleramos el paso.

-¡Se va!- gritamos -, ¡se va!...

Sobre las horas cansadas de la noche, lo vimos todavía hacerse un punto luminoso y móvil.  Casi una estrellita alada.  Después el punto se fue nublando y desapareció.

Convencidos de que se había ido para no volver, nos dimos vuelta y...

                   ¡Nos vimos!


El pararrayos de la Capilla de la Plaza Houssay

Despertaba la ciudad.  Los ruidos provenientes de la calle cortaban el amodorrado silencio de la madrugada.  Las frenadas urgentes de los camiones, se detenían frente al viejo Hospital de Clínicas.  Los gritos de los obreros al descender los materiales en repetida ceremonia,quebraban el aire de la mañana.

En ese estremecido escenario, comenzó la demolición.  Los ví construir la empalizada reglamentaria y a los pocos días, a golpe de pico, fueron cayendo los ladrillos desnudos de revoque y de color.  Después las salas de trabajos prácticos, y junto a ellas, las otras, empapadas de dolor, de orín, desinfectantes -empapadas de humanidad- o nó.

El viejo edificio iba a dar lugar a una playa de estacionamiento por debajo, y por arriba a una plaza con juegos, bancos, jardines y fuentes.

Los escombros, médanos ciudadanos, eran ahora un pasado detenido contra el piso.

La excavación se fortaleció con hierros y agrisados hormigones, y por entre éstos, como venas oscuras, pasaban los cables destinados a alimentar la luz para el trabajo en avance.  Con la tierra extraída se ganarían palmos al río, ese río que sabe golpear fuerte en días de sudestada.

Premio a la fortaleza de su estirpe vegetal, quedaron en pie algunos árboles añosos, y sola, recortada contra el cielo, surgió, recién descubierta para muchos, recuerdo para tantos, la Capillita estilo gótico del viejo hospital.

Cuántas veces se rezó en ella por un buen exámen, por un buen diagnóstico, por que nó sea Señor, que todo salga bien, que no sufra...

Unos días más y con gran sorpresa, noté que también a ella comenzaron a rodearla con caños y maderas.

Era tan hermosa.

Su torre hendía el cielo como índice dada la exigencia de su estilo gótico.

Y el techo de pizarra y los vitreaux.

-Parece de juguete -se oyó comentar-.

-¿Una capilla en medio de una plaza?

-Dónde se vió cosa igual.

-Van a sacarla.

-Sí.  Dijeron los obreros que empuñaban la herramienta justa desde el alto andamio.

Y uno de los técnicos indicaba:

-Hay que empezar por la cruz, apuren.

Pero la cruz estalló en un nó que caminó el predio, se trepó a los autos y cruzó por entre los ómnibus.  La gente observaba con curiosidad, con respeto, podría decirse con asombro.

La cruz, allá arriba, seguía negándose.

“Clavamos el pico de tal manera -decían los obreros- que debió haber salido íntegra y si no fuera por la obligación de estar atados, buen golpe nos hubiéramos dado contra el piso”.

“Qué rebote”.

“A mi me pasó lo mismo.  Probé varias veces sin resultado, así que tuvimos que llamar a uno de los técnicos”.

Y el capataz: “Vámos, hay que darle con más fuerza” -nos gritó, pero al fin subió él, tomó el pico y le dio a lo loco.  Provocaba miedo verlo.  ¡Vas a creer que no cayó ningún cascote desde aquella torre!”  La cruz parecía un desafío, ahí, tan negra contra el cielo irritado de sol”.

“Mañana traeré otras herramientas” -dijo preocupado el técnico- “con cables de acero y un tractor oruga ya verán si no la bajamos.  Yo mismo me voy a encargar”.

Pero al día siguiente, la cruz continuó negándose por lo que sólo pudimos arrancar el brazo horizontal.

El técnico prometió investigar.  Según él, algo a nivel estructura, o acaso los materiales usados en aquella época, motivaron esa resistencia.  Al alejarse escuché que decía como para sí solo, “claro que algo sucede allá arriba, pero yo podré con ella, ya verán”.

 

“No, por eso no voy a creer, desde luego que nó, por una cruz que no se puede arrancar, a quién se le ocurre?.  Debe haber alguna atadura de esas que técnicamente se practicaban en las construcciones de la época.  Ya sé que no sale, pero no por eso seré yo el que vaya a volver a tener Fe, sería pueril de mi parte: dos hierros cruzados del que queda uno, y argamasa de un tiempo que resiste hasta el nuestro con la fuerza de todos los tiempos.  Si hasta me estoy poniendo retórico.  Lo que voy a proponer es que ese brazo vertical sea utilizado como pararrayo y se deje la Capilla que al fin, tiene su historia.  Pero esa cruz, caramba...”.

 

Días después apareció en los diarios el siguiente comunicado: “En la antigua Capilla del Hospital de Clínicas ubicada en la Plaza Houssay, se  asilaron nuestros patriotas en un momento histórico del país, por lo tanto se la declara monumento nacional y no será demolida.  Como precaución, la cruz se transformará en pararrayos”.

 

“Sentí necesidad de regresar a aquella plaza y me senté en uno de sus bancos.

Me enfrente a ese brazo vertical.  Sentí que me atraía con poderosa fuerza, por lo que bajé la vista y decidí entrar a la Capilla como si nunca lo hubiese hecho antes.  Los vitreaux brillaban en el climax de la tarde.  Recordé lo leído sobre su historia y pensé que debía existir un motivo, algo que yo tenía que descubrir... pero esa luz en el costado -esa luz - por Dios - será posible - todo por una cruz que no pude arrancar.  Algún libro dirá cómo se construía en 1789.  No sé para qué habré vuelto; el decreto es bien claro y nadie tiene por qué sospechar nuestra impotencia en arrancarla.

Y ahora ese sol que es todo una despedida de color naranja.

Voy a regresar.  Caminé sobre las sombras de los árboles, de los faroles de la plaza todavía apagados en racimos de cinco y de dos.  Pero qué pasa, por Dios.  En todos lados se dibuja esa cruz delante de mí, debajo de mis pasos, sobre el latón colorido de los autos, alargadas sobre las paredes, tirada sobre la calle”.

-Señor- “le dije a uno cualquiera que pasaba”-  Y grité, tuve que gritar: en la frente de aquel hombre también se dibujaban los dos hierros cruzados.  Jamás volveré aquí, nada lo justifica -me dije- y me fuí para casa en busca de paz. de descansar.

Entro a mi departamento y me miro en el espejo del palier.  Increible.  Por primera vez vi sobre mi frente, sobre ésta frente mía, ésta que estoy tocando, aquella cicatríz que en forma de cruz dejó ahí, un antiguo rosal de la casa de mi infancia.

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 Acabo de pasar por la Plaza Houssay.  La Capillita de Clínicas luce otra vez una cruz.

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Con Las Primeras Estrellas

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Carmen Arteaga decidió salir sin rumbo.

El otoño y abril crecían.

Ella, herida como de muerte, deshabitada de la fe que buscaba, ignorante de cómo y dónde poder hallarla.

Y las veredas rectas, cuadriculadas venían en su contra, y su incertidumbre la empujaba hacia un camino desconocido.

Mucho después, gallardos los mástiles, en descanso el velamen, la Fragata Sarmiento la ubicó en el lugar.

“Con proa hacia ningún destino.  Se me parece”, dijo, y tomó por la costanera Sur-.

Nunca le había interesado conocerla y ahora, justamente ahí... 

En silencio, como si su voz sólo formara parte de ella misma, bordeó los largos canteros, escuchó sonidos que emergían en secreto y caminó en un casi total olvido de si misma.

No supo cuánto tiempo había pasado cuando decidió cruzar la calle hacia el paredón que contiene el desborde del río.  Asomada, vio sus lenguas líquidas y lentas golpeándolo.  Ese día, eran una caricia, quizás mañana pegarían con la fuerza desatada de las aguas obedientes al viento: “Igual que la vida”, pensó y dándoles la espalda se apoyó en el murete y levantó la vista.  Cerró los ojos y volvió a abrirlos repetidas veces.  La sorpresa la tenía atada a su apoyo: un blanco asombro, casi perlado, se levantaba a su frente y la detenía con resistencia.

¿Qué representaba ese conjunto escultórico, desenvolviéndose en ritmos y danzantes actitudes?

¿Qué esos seres mitológicos contorsionándose con suavidad para resolver las fuerzas totales de la escultura?  Y esa Venus que remata el conjunto y regresaba hacia abajo la mirada: “¿me busca acaso?.

Se repite el agua de la fuente en su repetir de lluvia y se desliza sobre los rostros helénicos inmóviles en la blancura del mármol; me ignoran y mis latidos crecen.  No pertenecen a nadie.

Me acerco.  Debo hacerlo.

Y ejecutando su propia orden, recorre mentalmente aquellos textos de mitología a los que tantas horas les había dedicado.  Busca un sentido a cada elemento que descubre, en tanto, la magia de esa gran valva sosteniendo el conjunto, se presta incansable para recoger el agua.

Carmen ya no pudo pensar en otra cosa.  Tampoco supuso en ese momento que la alucinante revelación acabaría siendo el refugio clandestino de sus tardes quebradas.

“¿Dejará en algún momento de caer el agua?” -se preguntó-  “Quietas, podrían reflejarme y acaso entonces encuentre en ellas...”

No la impulsaba un ego enfermo, narcisista.  No.  Necesitaba encontrarse.  Consideraba que lográndolo podría traspasar la niebla que le ocultaba un retorno a creer; porque necesitaba creer, volver a creer.

Parada frente a la escultura que acababa de descubrir, sentía extraños sus actos, como si no hubiesen nacido de su intuición, de su voluntad, o de su esfuerzo.

Hacía tiempo que la creación la había abandonado.

También Ezequiel.

Dos abandonos despiadados y juntos, la poblaban ahora de fantasmas.  Entonces nunca más aquellos versos, nunca más la prosa con aquel determinado ritmo cautivante de épocas pasadas.  Y errar sin ruido, y caminar plazas como si ya estuviese inmersa en su cemento o en la tierra.  Todo fue así desde el absurdo instante en que Ezequiel, en un abandono sin piedad, sin comprensión alguna, le dijo: “¿Te molestaba mi presencia para crear?  Ahora todo tu tiempo será tuyo, todo.  Podrás apilar sonetos y quedarte en la ciudad.  Yo la detesto igual que a vos”.

Y aquel portazo vigoroso dirigido a su persona en un solo golpe fijando la ruptura definitiva.

No hubo una sola lágrima.

No se reconoció en la mujer estatua que miraba la puerta clausurada.

No volvió a escribir.

Pero qué hacía recordando aquello frente a ese asombro nacarado.

Buscó con la mirada el río y lo vio desmayarse silencioso entre las sombras.  Los faroles con luz adormecida, creaban un ambiente irreal que la acosaba.  Inédita lucha entre lo de adentro y lo de afuera.  Y ella ¿dónde?

De esa lucha y de esa irrealidad emergía la Fuente.

La proclamó su génesis.

Cuántos progresos hubo.

No lo supo nunca.  Lo que sí supo fue que la escultora era tucumana, y que rendía con esa fuente, su homenaje a la mujer argentina.  Que había recurrido al mármol por lo ideal de su blancura.  Que cambió en el país, la costumbre de escultura histórica por escultura mitológica en momentos en que toda la humanidad aguardaba con renovadas esperanzas, el comienzo del siglo XX.  La supo también incomprendida como ella.  Deshabitada, desierta como ella.

Pero los años habían pasado y la creación de aquella mujer le daba fuerzas.

“Qué dioses permitieron aquel encuentro.  Porque, ¿existe algún Dios?”.

Sentía muy cerca a al escultora, si hasta la intuía en roces imperceptibles.

Un día se dejó llevar por ese niño que siempre se nos queda adentro y arrojó a las aguas una mínima piedra.  Su cara se quebró en pedazos.

Las ondas la hicieron un perfecto cuadro surrealista: trozada la boca, un ojo aquí, el otro más arriba y de pronto... -Mi mano tropezó con la llave oscura.  La cerré con fuerzas y un momento después, las aguas se aquietaban.

Le pareció verse.

Aterrorizada, por miedo a ese verse más allá de si misma y víctima de el mismo miedo, huyó hacia la ciudad, confundida por angustias subyacentes, poseida por una incredulidad insoportable y un sentimiento de abandono inconcebible.

Ya en su casa quiso descansar, pero no pudo lograrlo.

Levantó entonces las manos y las dejó correr por lo ojos primero, se entretuvo en la forma, luego en el recuerdo del color, en la boca, en la nariz, en las marcas que se hundían por el entrecejo... Quería acostumbrarse al encuentro, pero estaba ahí, en la penosa e inútil superficie.

Un día llegó tarde a la fuente.  Las primeras estrellas se reflejaban temblorosas en la superficie líquida.  El farol le permitió verse con claridad.  Ya no hubo susto.  La abrazaba la intangible presencia de Lola Mora, y un destello de apasionada intuición retornó a su sangra enmudecida.  Sintió necesidad de acercarse a la forma clara de las dos Nereidas que con esfuerzo evidente, elevaban la valva más pequeña, donde Venus, la diosa del amor, de la belleza, la gracia, el himeneo y los mares, se posaba excelsa.  Palpó el granito áspero y rosado e inclinándose, dejó que el agua se escurriese entro los dedos.  Después, se sentó en el borde de la fuente, y sacando su libreta fría, de tan olvidada, escribió: 

 

De la fuente blanca de las Nereidas

un albo caballo robo a Lola Mora.

.....................................................................

 

Enloqueció de alegría y comenzó a trepar y a saltar Primero a las Nereidas de dobles caudas, “que guían a las almas de los justos a las islas Bienaventuradas”.  Después a los Tritones, “testigos de los juramentos solemnes en el fondo de los mares” y trepando sin descanso, llegó a los Caballos Marinos detenidos por la fuerza de aquellos tritones, y hasta iluminó la esperanza de llegar a  la diosa Venus, representante de su ser de Mujer.

De pronto un sueño extraño se apoderó de ella, y se vió cabalgando por el cielo sobre las aguas dormidas del río.  Por realizar ese sueño, montó uno de los caballos.  Percibió el sufrimiento en el temblor de su elegido: él había sido creado para las aguas no para el aire.  Allá, muy abajo, en el fondo del mar, en el palacio de oro de su padre, le eran dados los consejos justos para los que padecían por amor.  Se sintió una nueva Nereida subida a él y, alándolo, le prometió acariciante:

“Volverás.  No temas.  Me ayudarás en la búsqueda y retornarás a tu sitio.  El aire no desvirtuará tu destino.

En algún lugar debe existir el amor que no abandona.  Vamos...¿me ayudarás hijo de Neptuno?”

Y Carmen Arteaga, en su alado caballo, mitad hombre, mitad pez, se remontó sobre las aguas oscuras.  Dio su última mirada hacia la fuente y en sutilísimo ascenso, se hizo tan pálida hasta acabar confundida con el cielo.

 

 

-¡Desapareció un caballo de la fuente de Lola Mora!

-¡De la fuente de las Nereidas fue robado un hijo de Neptuno!

 

 

La desaparición conmocionó a la ciudad.  Comenzó una búsqueda que no dio resultados.  Se comentaba también aquella afinidad de Carmen Arteaga con la obra, por lo que se la buscó en los lugares que frecuentaba.

Ezequiel, enterado de la doble desaparición, conmovido, desesperado, invadido de tardío remordimiento, regresó a la casa desierta.

Una noche, de esas que parecen imbuidas de raros misterio, cuando la primera estrella se reflejó en las aguas de la fuente, el caballo alado regresó de su enigmático viaje por el cielo.  Regresó solo a su lugar de siempre.

-Las alas se el fueron con un soplo de viento -dijo el cuidador que hacía años rondaba la zona.

-Blanco como las nubes, pero solo, volvió -decía.

Nada se supo de Carmen Arteaga.

Sólo a la hora de las primeras estrellas, dicen que puede verse su rostro en las aguas de la fuente.

Dicen que la descubrió Ezequiel, en la fuente de las Nereidas.

En la fuente de Lola Mora.

Dicen que es de buen presagio verla, pero sólo cuando aparecen las primeras estrellas.

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