Una güeltita nomás

 

El molino de los Chipelli, azuloso de viento, mueve su rueda y cruje a zinc, encargándose de cortar la tarde algo más arriba.  Está cerrado y cruje.  El que haya vivido noches de campo lo sabe.  Es un crujido filoso y corto como la visita fugaz de alguien que se fue definitivamente.

Un aire de lluvia mueve los sembrados de estos campos santafesinos, y ya no se puede saber si el agua surge de la tierra, o es la tierra que ya no absorbe más agua de tanta que ha caído desde el cielo.

En una de las esquinas de estos campos cuadriculados, bordeados por paraísos, había levantado su casa Santiago Chipelli.  El y su Lucía.  El amanecer los sorprendía siempre en el trabajo, y gracias a este esfuerzo, se hamacaban hoy en el campo, infinitas, espigas amarillas y pesadas de trigo.  Pero el cielo parecía decidido a no detener la lluvia, y Santiago, debajo de la galería en forma de U que rodea la casa, está sentado viendo como el agua le desarma las ilusiones, despacito y sin lástima.  Si.  Se las destejió lentamente, y él se fue quedando cada vez más callado.  Ya casi no habla.  La pava a su lado y el mate le dan un descanso, después pone lejos la mirada que le empaña la cortina líquida al caer, tratando de ver las vacas aquietadas a su modo contra el alambrado.  Lucía, su mujer, a la que a veces nombra cariñosamente con el apodo de Pirincha -mujer de cacerolas, de buen guiso y buen ofrecer de empanadas- cada tanto se le arrima y le dice: -Santiago, ¿estás ahí? ¿de cómo no se pone el saco viejo y le da una vuelta al campo?  Capá no se ha perdido todo entuavía.

-Pa qué.  De aquí veo di sobra como si ha agachau el trigo y hasta ande le yega el agua al tobiano, ¿pa que quiere dentrar a mortificarme más?, pa qué, diga.

Bueno, bueno, parece que tenimo visita.  Es el Leandro, vea.

Hola Leandro.  Mire que hay que tener ganas di andar con este tiempo.  Van veinte día que no para.

-¿Veinte?  No’stá bien hecha la cuenta, amigo Santiago.  Yo los vengo cruzando en el almanaque y ¿sabe?, van pa veintitrés.

-Ayer el tordillo enclavaba los cascos como en de cinco centímetros, vea.

-¿Cinco?, mi tobiano andaba como en dié, y qué le vamo hacer...

-Aguántese, no hay má rimedio: vea como cae la maligna; parece regadera enchufada a molino de viento y pa pior, ayudada po’el pampero.

-Igualita nomás.

-¿Quiere abajarse?  De no, se va a calar hasta el caracú.

-No, me voy pa las casas.  A la gringa le ha dado por hacer torta frita, y total que...

-Y bueno, que la disfruten.  Pero óigale Leandro: yo sé que tenimo que aguantar, pero adimás hay que rezar un poco.  No nos hay de hacer mal un rezo, compadre.

-¿Rezar?, y pa qué si el de Arriba no la quiere entender.

-Y sí, razón tiene.  Será cuestión de mostrarle las cosas por las claras, que las véia bien él también, carajo.

-Total que el trigo ya’ stá en el suelo, todo tirao.  Lo que no sé, es de ánde sacaremo la plata pa lo impuesto.

-Eso mismo digo, de ánde.  Y que le vamo hacer... yo me voy pa las casa a matear con la gringa.  Hasta más ver, Santiago.

-No se me olvide un rezo al Cristo pa que pare, échele alguno, así somo dos y hacemo más juerza.

 

Santiago vuelve a sostener la cabeza con sus manos.  Los ojos se le fijan más allá del jardín y del patio grande, má allá de los gansos, las gallinas y los pavos que ahí están, apretándose junto a la pared de la casa, o debajo de los carros.

 

-¡Lucía!...

-Diga.

-Tráigame el Cristo e la cabecera, ¡vaya!

-¿Qué le va hacer?, ¡ por Dios!

-Ya lo verá dispués.  Ahura tráigamelo.  No vamo a empezar la discusión, vea.

-Ta bien Santiago, ta bien

-Pero óigale, ¿cuánto hace que no le reza?

-Que no le rezo... qué via dejar que yueva y yueva y que no le viá echar ni un rezo?

-Ta bien.  Vaya a tráirlo entonce.

 

“Perdón mi Cristo e la cabecera.  Perdón por el Santiago que está como loco.  No te ofendas con él.  El te quiere y te rispeta, pero ahura si que no sé lo que va a hacer con Vos; pero Vos no le hagués caso y perdonale...”

-Aquí lo tiene.  Cuidao  de faltarle, Santiago.

-¿Faltarle? ¿si acaso puede pensar eso de mi? ¿no me escucha cuando le rezo por las mañanas y por las noches?  ¡Qué se ha creído usté que es su marido! ¿faltarle?, eso nomás andaba queriendo escuchar, eso nomás, eso, ¡qué se ha creído!

-Pare Santiago, no es pa tanto, no lo tome así.  Pasa que con esta yuvia se me atranca el pensamiento, vea.

-Y güeno, por algo hay de ser.  Pero yo me las vi arreglar, vaya nomás, vaya.

 

Se va Lucía mirando de reojo la actitud de Santiago, en tanto, se resigna con desconfianza.

 

“¿Vé cómo yueve mi Cristo querido?  Quiero que lo véia bien dende ahí ajuera, por eso esta noche lo vía dejar al descampao.  Vamo a ver si así se da cuenta que es mala tanta yuvia.  Usté sabe que dentré a quererlo y ¡hasta ánde!, y le rezo, y Usté no me escucha el ruego, no me para la yuvia por nada, vea, por nada.  ¡Déle, mi Cristo querido!  Párela di una vez.  Sálveme algo del campo, aunqui sean los animales, pero sálveme algo.  Mire que le estoy rogando como su juera a parir la Lucía vea, así se lo pido.  Ya sabe que soy de poca habla, ya lo sabe Usté”.

 

Lento camina Santiago y deja al Cristo en el medio mismo del patio, no sin antes darle un beso que se moja por la lluvia y con sus lágrimas.  Un beso que él sólo a Lucía,... porque él era de esos.

Después entra a la casa y casi sin comer nada, se acuesta.  Lucía lo acompaña también callada.  Le duele la ausencia del Cristo de la cabecera.  Afuera la lluvia cae como llanto inconsolable.  Lucía se adormece en los brazos de Santiago y él piensa.

 

“El trigo todo agachau.  De ante la yuvia, parecía un sol tirao en el potrero.  Ahura en quizá lo veía ahí ajuera en el mojau.  De como no lo saqué ante.  De aquí adientro no podía ver nada el pobre.  Ahura si me va a entender la pena y la poca habla.  Suerte mi Pirincha que te podés dormir.  Suerte nomás”...

 

El día amanece igual.  Santiago no ha dormido en toda la noche escuchando, por si acaso.  Nuevas lluvias y descargas eléctricas le martirizan la piel, le estremecen los huesos, le marchitan el alma.  Le llegan noticias del Paraná que crece sin dar tregua, y la mirada se le inunda igual que las tierras.  Ni bien aclara se viste y vuelve a la galería.  Mira lejos, casi como hasta el cielo, después apura el paso y sale en busca de su Cristo.

 

“¡Mi Crissto querido!  Ahura si que sabe como moja la maldita.  Dígame ahura porqué no la para.  Si está de nuestra parte, por qué, dígamelo, ¡por qué!”

 

El Cristo mojado, mojado y con barro, no deja de extender sus brazos queriendo abarcar un mundo que va más allá de los pantanos y de los animales y más allá del hombre que transita la tierra.  Pero llueve y vuelve a llover y el agua sale ahora de la misma  tierra, como si germinara.  Si, igual que si germinara.

Santiago límpia el Cristo de la cabecera y en tanto lo acaricia le dice: “Esta noche no se si le voy a poder rezar, vea.  Perdóneme, pero si no me para la yuvia, mañana lo paseo por el trigo.  Sígale, no va a creer que es por maldá.  Es pa que veia como estamo e terminao.  Estamo fundido, estamo.  Todo por el suelo y empiezan a morirse lo animale.  De endevera le digo, bueno, ahura no, porque ya se ha mojau mucho, pero cuando salga el sol lo vía yevar a pasear por el campo y va ver, va ver...”

 

-¿Un mate Santiago?

-¿Un mate? ¿y de hay? ¿acaso la arreglamo con eso?  No mi Pirincha, yo no soy el Leandro.  No me arrime nada, sabe, nada.

 

Rechazado el mate, vuelve a tomarse la cabeza con las manos.  Levante después la mirada,y la fija primero en el potrero de enfrente, luego en el aspa del molino para ver de que lado sopla el viento, y por fin en el trigo del costado pero continua con aquellos pensamientos que lo invaden sin descanso y sin piedad.

 

“Estás más agachau que finau... pero... ¡Lucía!... ¡Lucía!... ¡Lucía!... Se está abriendo parece.  Venga Lucía, mire, mire... parece que va a aclarar, que para la yuvia, mi Pirincha... que vamo a ver polvareda otra vé... que está de parte de nosotro mi Cristo e la cabecera...  Y bueno, déle mi Cristo, nos hacía falta Usté y el sol, mi Cristo ¿sabe?  el sol, ahura si que lo precisamo.  Pero óigale, vamo a cumplir la promesa, me tiene que acompañar, no vaya a ser que si nuble otra vez.  ¿Qué no lo quiero?  Mire, más que a la Lucía, vea, pero..., déjeme que le muestre como ha quedao todo endebajo del agua, mi Cristo e le cama.  Téngase quieto.  Eso es, así, quietesito nomás. Ahura me lo ato al cuello y nos vamo.  Yo me subo al tobiano y una güeltita sabe, una sola vamo a dar, pa mostrarle lo jodido que hemo quedao.  No lo entiendo a vece a Usté, pero claro, usté a de saber.  Así endecía mi mamá, “El siempre sabe” y eya era una santa.  Despué, cuando ande todo mejor, lo yevaré hasta Guadalupe pa que la véia a su mamá también.  Vamo, déale mi tobiano, déale, que estamo yevando a un Dió.  Vamo a mostrarle cómo ha quedao el trigo.  Sólo eso.  Dispués, con reverencia y la Pirincha, lo colgamo otra vé en la cabecera.  Una güeltita nomás,... déale tobiano.

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Mañana con la fresca

 

Cuando comenzó la doma, Odilio y su pingo parecían una ola de mar en tierra seca.  Eliberia los miraba y sufría.  Ya el hijo brincaba en sus entrañas.

-Quedáte quieto vos.  Al menos vo no me des la contra.

El Odilio no era hombre de perder, pero ese pingo se las traía como los toros que salen al ruedo en las plazas de Madrid.  Porque no sólo tiene rodeos España, que nosotros también y de los buenos.

-Vas a ver Eliberia.  Hoy me gano la tenida del chango en la domada.

Pero ahora estaba allá arriba, en medio del arco en que el tostado transformaba el lomo.  El, su fuerza y su destreza.

Para eso si, pero para hacerme el gusto de vivir solos en las casas, para eso no tenés garra.

-Mañana Eliberia, mañana se lo digo.

 

 

En la casa, debajo de la galería en forma de u, sentado en la silla baja de siempre, está don Ruperto.  Mira lejos, hacia más allá del modesto molino ubicado al costado del campo.

Odilio se acerca a éste.  don Ruperto, le dice:

-Olvidó cerrar el molino, mi hijo.

-Para qué se aflige si eso ya no es cosa suya.

-Decía nomás.

-Escuche tata, yo quisiera hablar largo con usted...

-Ya sé que el girasol está crecido y el precio que le han fijado es de los buenos, según dicen.

-No; es otra la cosa que quiero decirle...

-Me dijo el Eustaquio que no hay compradores.

-Déjeme hablar, tata.  Es de la Eliberia que quiero hablarle.  Ella va a tener un chango cuando llegue el verano, y entonces...

-Más trabajo pa’usté, m’hijo, ya lo sé.

-Pero -La pucha que es bravo decirlo- Claro que voy a tener más trabajo, pero piense que el chico por ay llora y usté...

El sol calienta la sienta.

-Por hoy no hablemos más, m’hijo.  Sólo por hoy le pido.  Mañana con la fresca será más fácil.

Una bandada de partos cruzó no tan alto por el cielo.

-Es que Eliberia...

-Las mujeres de siempre apuran Odilio, pero pa’eso está uno, ¿sabe?, mañana la seguimo; hágame caso, por favor, m’hijo, mañana con la fresca, sabe.

Como de plomo fue cayendo la noche.

 

-Mañana se lo digo, Eliberia.

-No te creo, ¿sabés?  A vos lo único que te importa es el viejo, y él se hace el distraído.

-Es mi tata, al fin, no.

-Y yo qué, a ver, decime.

A la mañana siguiente, Eliberia cumple con el rito del mate como todos los días: primero a Odilio, después a don Ruperto.  Odilio, en tanto, sale sin premura del cuarto con olor a nido.  En eso escucha decir a su mujer:

-El tata no está en el cuarto ni en la galería; tampoco en el gallinero lo pude encontrar.

No fue larga la búsqueda.  Sentado en su silla baja, debajo del paraíso grande, junto a la puerta misma del galpón de los carruajes, estaba don Ruperto.  Ahí nomás, él, y la maleta amarronada del año de su casamiento.

-Qué hace tata.

-Ya lo ve: estoy listo.  Vio que no era tan difícil la cosa.  A todo hay que darle tiempo para que caiga maduro.  Apriéndaselo bien, m’hijo.  Y ahora vamos.  Ah, Eliberia, eso si, se lo pido, cuando llegue el chango, no deje de llevarlo pa’que lo conozca.  Dicen que allá, donde la vida es un resto, todos tienen fotos de los nietos y de los hijos.  Un poco con las fotos y otro poco con los recuerdos, de seguro que todo me será más fácil.

 

La mañana se hizo un nudo que creció con las horas.  Odilio de callado agradeció a su tata, tanta comprensión, en tanto en la cuenca del alma le crecía un cardo.  Le miró el vientre a la Eliberia con largura y deseó con fuerza, que ese, el que esperaba, no fuese tan flojo como él.  Después, un latigazo al tobiano y el sulky se fue perdiendo, camino a la ciudad.

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La casa de fuego

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-Entramos en el tercer día, Josefa. Esto es una brujería, vieja. Yo te digo, brujería.

-Tenía que ser la nuestra. ¡Quién nos habrá hecho el mal! Tantos años de trotar para pararla y ahora que el Rogelio se casó y tan contentos que andábamos todos juntos... Pero yo te digo, Jacinto, éste es mi fin, mi fin.

-¡Miren, hay fuego en la ropa de la tina! ¡Fuego, Rogelio!

-¡No seas estúpida, Carancha! Dale nomás con tus gritos. Como no hay gente rodando la casa... Toda la noche han llegado de a caballo, en sulky y hasta con autos. Los puebleros salen como hormigas. Ni trabajar ni dormir podés. En cuanto tizna la noche, ya caen.

-Claro. Que no grite. Veo fuego por todas partes y ¡no grites!  Por qué no se lo decís a tus viejos que charlan todo el día con esos del camino. Pero yo, claro, fregar callada nomás.

-No la hagas peor, che. Con lo que tenemos es de sobra. –Ahí se nos viene un pueblero. Ja, ¡que pinta! A ver si te contagiás un poco.

-Buenos días, señores. ¿La casa de los Rubione?

-La misma, para servirlo.

-Traigo orden de revisar la propiedad.

.Revise nomás, don. Los de la ciudad siempre quieren explicar las cosas, pero esto bien lo dice la Carancha, es cosa de mandinga.

-Eso lo veremos... Así que hay un fuego que aparece de repente y por cualquier lado. Vamos a ver, ¿dónde fue eso?

-Vos, Carancha, que lo viste primero, contále al hombre. Ella sabe. Tiene bien la vista.

-Mire. Aquí, ¿ve?, en la ropa blanca, la del ajuar, ¡tanto gasto! Y ahora... Fue como un chorro de fuego, se prendió y al punto se metió para adentro, como tragado. Después, olor y después negro y ahí desaparece el fuego, vea.

-¿Y donde más, señora?

-También se hizo en la bajada del sillón de la Nona. Ella no lo vio, porque el hamaque le entretiene el ocio, ¿sabe?

-¿Algún otro lugar?

-En la paja del chiquero. Un relámpago, mire, un relámpago... y nada. Ése el Rogelio también lo vio. ¡No, che! Dale, marmota. Tanto acariciar la Nona y está mejor que todos.

-Sí, sí que lo vi. Era azul, muy azul.

-Ese también lo vi yo. Lo alcancé cuando se iba para adentro de la paja. Raro es raro. No llamea. Deja negro, un quemado de olor feo y nada más.

-Bueno, mañana me tendrán por aquí nuevamente. Estudiaré la cosa. Es todo muy raro. 

-¡Fuego!

-¡Otro fuego!

-¿Dónde?

-En la enredadera que trepa a la ventana del sur.

-Viste, Rogelio. Sos un dormido. Ahora son los mirones los que nos gritan el fuego. Total vos no ves nada; la Nona nomás, la Nona.

-Déale al cura para una misa; puede que se raje el mandinga.  Déale m´hijo, por favor. Déale que la encargue al padre Fermín.

-Tranquila, vieja. Tan brava que fue siempre y me viene a aflojar ahora.

-¿No pueden callarse aunque sea para parar la lengua de los mirones?

-Ahora no me voy. Claro que no. Y usted venga conmigo, vamos a conversar.

-¿Aquí don?

-Entremos al cuarto, será mejor.

-¿Esta seguro, mi amigo, que en esta casa todos se llevan bien?

-Hasta hace tres días la santa paz olía por todas partes. Pero ahora..., son los nervios, sabe. Nos tienen locos. Ni un sí ni un no nos enturbiaba el día. ¡Maldito fuego!

-¿Salen seguido?

-Semanal, don. Mamá hace la lista, mi Carancha pasa el anote, atamos el perchetón al sulky y le metemos galope al pueblo.

-Al pueblo, me dijo, ¿no? Muy bien, ¿a quien visitan?

-No, don, no queda tiempo para eso. El almacén, el corralón, la Carancha que me demora en la tienda, después en la botica; apenas si me queda tiempo para llegarle al peluquero y comprar algunas mentas a los viejos.

-Está bien por hoy. Mañana tendrán noticias mías. Ahora ya se me hizo tarde.

-¡Eh! don. Le quiero contar algo más del fuego, ya que parece que soy la perseguida, parece.

-Mañana vuelvo, señora. Hasta mañana.

(Me trae mala espina este fuego. Será mi incredulidad con tantas jarras de experiencia que llevo tragadas en el oficio y esta gente que no chorrea la maldad toda junta. No sé por qué, la largan como bicho de luz: encendido alternado y con despiste.)

-¿Qué dice, señor? ¿Novedades?

-Ninguna por el momento. Pero las habrá, ya lo creo que las habrá. Y ahora, ¿por qué no dejan tranquila a esa gente? Están un poco alterados.

-¿Irnos?, ¿perdernos esto? Una vez que pasa algo en estos pagos, ¿de ánde se le ocurre eso?

-Queremos presencial el milagro, don.

-Está bien.

 

-Buenas noches. ¿Conoce a los Rubione?

-Buenas noches. ¿Los de la casa del fuego?

-Los mismos.

-Sí, los conozco y son muy buenos clientes. ¡Quién los aguanta ahora!

-¿Recuerda lo que suelen comprar?

-Siempre lo mismo, vea. ¡Como para no recordarlo! Jarabe para la Nona, pomada para el reuma del Nono, las pastillas para la tos que le da de noche al Jacinto, un preparado para las ratas del galpón grande... ¡Loco me pone con los cuentos!; y cómo chilla.

-¿Tiene constancia de esas ventas?

-Sí, aquí las tiene.

-Está bien, gracias. Ha sido muy amable. Buenas noches.

-Buenas noches y suerte.

 

-Buenos días. ¿cómo pasaron la noche?, ¿aparecieron nuevos fuegos?

-Si. Al lado del perro negro, que dormía.

-¿Encargó la misa, don?

-Tranquila señora. Ya verá cómo mandinga no volverá a traer fuego a esta casa y no hará falta el cura.

-Usted no se me escape, ¡eh!, a usted le digo.

-¿Yo escaparme? ¿Qué se le antoja, ahora? ¿Se contagió del Nono que siempre me anda culpando?

-Oiga bien lo que le voy a decir: ¡Usted fabrica los fuegos!

-¿Yo? No me haga reír. ¿Por qué iba a ser yo y con qué?

-¿Sabe que hay ratas en el galpón grande?

-Uf..., muchas. Comen de las bolsas el cereal y lo esparraman por todo el piso.

-Y en el pueblo compran un preparado para quemarles los nidos. Alcánceme el preparado.

-Vieja, quiero irme con vos. Vía traer el sulky claro, con el tobiano enganchado y le daremos más allá del arroyo. ¿Sabés que ahora el fuego se me ha metido adentro?

-Vení vieja, vamos, que se queden ellos solos nomás.

 

-Ya me parecía. ¡Miren los fuegos malditos! ¿Dónde los quieren? Miren, chorrea ese líquido y el aire se encarga de lo demás. Llamea azul, olor feo y se va para adentro. Lo que usted veía, ¿no?

 

-Vamos, vieja. El tobiano trotará hasta más allá del arroyo. El rancho viejo está de nuevo amaneciendo.

-¿Y el Jacinto?

-Si es hombre, sabrá apagar los fuegos de aura y para siempre. No se aflija, vieja, confíe en que lleva sangre nuestra.

-Tengo frío, viejo.

-Sí. Está refrescando.

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