22 añosVeintidós años tenía Josefina Arce cuando llegó a nuestro grupo. Era silenciosa y extraña, diferente, amiga de los monosílabos. El más intrigado fue Oscar. Intrigado, o no sé, ya que al poco tiempo... Me parece que estoy atrapado - es distinta a todas - me enloquece- callada - claro que es callada- mira hondo - ese color miel en sus ojos - ese pelo largo como dos alas negras y brillantes a los costados de la cara - no puedo concentrarme - no consigo pasar esta bendita página - necesito verla - le dije a las seis - cuánto falta - por Dios, cuánto. Puedo asegurarle que era lindo verlos. Ella dejándose amar en silencio, y él enredando en el brillo de su pelo los dedos largos y pálidos, o bien, repitiéndonos en estado demencial y sin cansarse: Josefina es más atractiva aún cuando se enoja, se recoge el pelo así, en singular arrebato, y yo la abrazo soltándoselo. Otras veces lo deja caer hacia adelante y me espía juguetona por entre los hilos negros, y sonríe apaciblemente. Y saben una cosa... Claro que lo sabemos; te vas a casar con Josefina. Adivinaron. Me voy a casar con Josefina y pronto. Bueno, podrías esperar y terminar primero la carrera; te falta tan poco. Y quién les dijo que no la voy a terminar. Voy a dar libres también. Mirá que no es fácil conocer tan pronto a una mujer, y menos a Josefina. Hasta su prima Teresita dice que es un poco rara. Estará celosa. No será que la conoce mejor. Pero qué tienen contra Josefina, me pueden explicar. No te enojes, decíamos solamente. De todas maneras seguimos saliendo juntos, pero continuábamos preocupados por la pareja de nuestros amigos. Josefina, integrada al grupo -rara integración- nos observaba como desde afuera. Un día, se apareció con el pelo trenzado en una única trenza. Estaba bellísima. Esa misma noche nos comunicaron que se casarían a fines de año. Lo festejamos bailando hasta muy tarde. Recuerdo que al final de la fiesta, fue ella la que soltándose la trenza en un lento mover de cabeza nos dijo: Ese día quiero que todos estén a nuestro lado. No falte ninguno, por favor. No lo podíamos creer. Nos invitaba Josefina y eso nos hizo sentir bien.
No había pasado mucho tiempo desde el casamiento, cuando comenzamos a notar que algo les sucedía. Josefina, más callada que antes, era la sombra repetida de Oscar. Y Oscar... No. No sabría definir el estado anímico de la pareja. Acaso ellos puedan hacerlo. Y Oscar: Cómo no me dí cuenta antes -habré cambiado- no sospeché que podría darse este cansancio - este agobio - que manía esa de anudar y desanudar su pelo - ese pelo sombrío que ya no encabrita mi sangre - antes lo hacía también - no - no con tanta frecuencia como ahora - o será que yo, yo... - ahí vuelve - y ese rechazo dentro de mí - vuelve - se sentará a mi lado - cerca - muy cerca - muda - siempre callada - lenta - ese mechón sobre los ojos - me espía - mira a nada- se ríe - me mira de reojo - esa mirada y su silencio – por Dios – ese silencio - se levanta - no, vuelve a sentarse - se peina otra vez - otra más y otra - voy a enloquecer - se lo cortaré - sí - todo - no - no - qué estoy pensando - me estoy volviendo loco - por Dios... Y ella: Ahí está mi Oscar -me sentaré a su lado - cerca - voy a acariciarlo con mi pelo que es todo mío - que es sedoso - largo - negro - mío - que como creció - que brilla - que no me abandona nunca - que me sigue cuando camino - cuando corro - descansa cuando duermo - lo voy a peinar - es largo - todo largo - por qué estará tan serio Oscar - estoy cerca - lo amo - voy a espiarlo entre mi pelo - así no lo molesto. Y él: Faltaba el viento - podría enroscársele el pelo alrededor del cuello - sería otra Isadora - chalina de pelo - claro - pero no - el viento no alcanza - noo - qué estoy pensando - Correte Josefina, por Dios, cortáte ese pelo, dejalo quieto y dejá también ese peine, Josefina. Por favor Josefina, dejá ese pelo de una vez. Y ella: -No le gusta más mi pelo - si es largo - laaargo - lo entreabre el viento - parece una red - yo lo veo y él no me ve - lo quiero mucho - por qué se va - lo acariciaba con mi pelo - siempre le gustó - pero se va, ahora se va... Un silencio de piedra domina el cuarto. Josefina ha dejado al fin su pelo y teje ahora con la aguja crochet. Tejerá callada. Oscar en tanto, saldrá a caminar enfundado en los mil miedos que queman su vida desde hace un tiempo. Ella quemará la suya entre el pelo y el tejido prometido para él. Se sucederán los días interminables, opacos, dolorosos, desesperantes, sumarán meses, hasta algunos años. Después... No. Josefina Arce no molesta a nadie. En realidad es la más inofensiva de todas las internas. Generalmente una sonrisa está instalada entre los labios carnosos. Es cuando mira el trabajo que avanza lentamente, igual que su vida. Nunca precisa nada. Qué podría precisar quien produce lo que consume. Acabadas las horas diurnas, el peine de carey y la aguja crochet, junto al tejido que varía imperceptiblemente de tono, descansan sobre la mesa de luz, y ella duerme. Parece feliz. Me atrevería a decir que es de los casos en los que la sociedad interna, sólo por comodidad. En otro rincón de la ciudad, Oscar Bustos recurre a sicólogos. Debe olvidar esas dos alas negras que caen a los costados de la blanca cara de su esposa si quiere seguir viviendo. Alguna vez confesará su drama, o quizá nunca. Pero vuelve a los amigos y por ellos, junto una sicóloga de la que acaba enamorándose, logra alejar la imagen de Josefina que ahora sólo se le aparece en sombrías pesadillas. El Estudio Bustos cobra importancia. Muchos juicios de divorcio siguieron al suyo. Comprendió a los clientes, los ayudó, desentrañó misterios, se hizo famoso. Su pareja sicoanalizaba en el consultorio de al lado. Después del trabajo había tiempo para asistir a teatros, conferencias, exposiciones, salir con amigos, o simplemente estar juntos y disfrutar de los hijos. Era en estos casos cuando Oscar insistía delante de Ana sobre el cuidado que Blanquita, la mayor, le dedicaba a su pelo. Es normal a su edad, querido. No te obsesiones. ¿Y Lucas?. Lo veo muy pegado a vos últimamente. Cómo anda su complejo de Edipo. Normal. Sí, claro, todo es normal, hasta que un día todo es demasiado tarde. Tantos miedos, Oscar, tantos. Si no fuera por mi profesión me sentiría obligada a golpear la puerta de algún colega. Tengo mis razones, bien lo sabés. Y la vida continuó para los Bustos. Una vida con los altibajos propios de profesionales. Los hijos, buenos estudiantes, orgullo de los padres que aún en plena actividad, comenzaban a sentir pesarosas las jornadas. Sobre todo a Oscar se le notaba decaer. Parecía, por momentos, aislarse del presente. Entonces Ana: Vamos, Oscar, vamos a caminar. Prestáme el diario. A ver, elegí: teatro, cine, conferencias, qué te gusta más. Estoy bien aquí. Pero hay que salir, mi amor. Uno se queda y acaba quedándose cada día más. Mirá, me dijeron que esta exposición es digna de verse. Dicen que los trabajos son increíbles. Acompañame, vamos. Oscar acompañó a su mujer. Recorrió con ella la sala. Delante de cada trabajo, se le apretaba más el alma. De pronto Ana sintió que le dolía la presión de los dedos de Oscar en su brazo, y casi gritó mirándolo: Por favor, Oscar, pero, qué te pasa, estás pálido, sentáte hablá, Oscar.... Iba a pedir un médico cuando sin que mediara una sola palabra más, comprendió el drama de Oscar. Oscar tenía puesta la mirada en una chalina tejida al crochet, que desde un color negro brillante, pasaba por los diferentes matices del gris, hasta acabar en una hilera de puntos blancos, muy blancos. La chalina lucía enmarcada entre dos vidrios. Al costado, en un cartoncito de cinco centímetros por tres, Ana pudo leer lo que sin lugar a dudas, también había leído Oscar: “Tejido realizado por Josefina Arce con su propio pelo durante un período de internación de 22 años”. A Manera de RULETA RUSA-Pero Marcela, otra vez éste expediente de Víctor Castillo del año 1891 sobre mi escritorio; es la tercera vez en 15 días que lo pone aquí. Se puede saber a qué se debe. -Yo no fui, doctor. También a mí me llamó la atención, pero supuse que lo retenía para algún estudio comparativo o acaso una estadística. -Cómo se le ocurre que un homicidio dudoso de fines de siglo me puede interesar justamente ahora con todo el trabajo que estamos recibiendo, ubíquelo en el lugar que corresponda y después lo llama al Juez de turno por favor. Eh, cuidado señorita Marcela, no ve que nos podemos caer los dos. Estos nervios - por favor - hasta me parece escuchar voces. Es que le estoy hablando - Soy Victor Castillo, el del expediente. La invito a que esta noche me deje contarle mi verdadera historia. Créame que no es la que contiene ese legajo, ¡cuidado que nos caemos!.. Con tanto grito me estaré volviendo loca, si hasta escucho voces, parece que me habla el tipo del expediente. Esta noche le dictaré mi historia, Marcela. Usted es mejor como escritora que como secretaria - hágame caso, sacuda esos folio, hay tanto polvo entre ellos... Escribiré al fin ese cuento que hace tanto quiero escribir. Por resucitarme tengo el derecho de opinar. ¿Quién le dijo que escribiré su historia? Voy a escribir un cuento que desde hace tiempo me ronda la cabeza. Me va a decir que no leyó esos papeles, que por tres veces aparecieron sobre la mesa del abogado gritón para el que trabaja. Cómo para leer añosos expedientes si apenas alcanzo a revisar los actuales...- pero estoy hablando sola; lo único que me falta. No tema, señorita, hay culpas que uno no puede resolver en el más Allá y se nos permite un corto regreso para demostrar cómo fueron; contarlas a la justicia y retornar después. Cállese. Yo no llamé a nadie para escribir mi cuento. Sólo voy a rondarla Marcela, como hacen todos los personajes con sus autores. Primero el título, como siempre A manera de RULETA RUSA. Me parece adecuado. No se de dónde sale esa voz, por qué no me dejará tranquila.
Dicen que en las noches de luna plena, las almas salen a deambular por los sitios que frecuentaron durante su vida. Dicen que hay noches que se extienden como el humo y penetran recónditos lugares. Dicen que en esas noches a algunas almas se les permite un mínimo regreso para mostrarse tal cual fueron. Dicen también que en esos regresos es posible que narren incluso episodios cerrados por la justicia...” Esa es mi historia, al fin lo entendió. Habíamos pasado días de susto, de estudio, de exámenes, por lo que los directivos de la escuela nos permitían un poco más de criteriosa libertad. Teníamos 17 años y nos invadía la energía y el optimismo. Dentro de esa escuela rural y de pupilos, surgían en nosotros las ideas más audaces para procurarnos alguna diversión. De todas maneras, éramos conscientes que hiciéramos lo que hiciésemos, no nos iban a echar. Nuestros padres poseían la fuerza que da el poder del dinero y el de los apellidos venidos desde el otro lado del mar. Apellidos que daban lustre al nombre de la escuela. Esa tarde, al pie del algarrobo más avejentado del parque, uno de los muchachos descubrió una pistola tapada de tierra y de tiempo. ¿Quiénes y cuándo la depositaron ahí?, nos preguntábamos. Primero nos detuvo el asombro , pero al rato, la imaginación comenzó a girar y girar dentro de cada uno, hasta que no sé quién de nosotros, acaso Luis, diciendo saber más de armas, le sacudió los años de oscuro enterramiento y le dio vueltas y vueltas al tambor. Al comprobar que estaba descargada, nos propuso jugar con ella “A la manera de RULETA RUSA”. -Dámela, Luis, voy a comprobar lo que decís, no sea cosa que pasemos un mal rato. -Alguno de ustedes me creería capaz de tal deshonestidad. -De ninguna manera. Pero un arma es un arma y rubricar tal veracidad, un acto de hombre responsable. -Pero si debe estar ahí desde la época de Urquiza. -Yo no creo que haya balas que resistan el paso de tanto tiempo. -Juguemos entonces. Juguemos...- dijimos todos a uno. La tarde era de marzo y el sol clavaba sus rayos en el retazo de tierra que pisábamos ignorándola. Nunca se supo quién encontró el arma y averiguarlo ahora, después de tantos años, sería imposible. Al fin todos la habíamos revisado. El arma era muy antigua y estaba totalmente oxidada, “no tiene balas”, dijeron los muchachos, y empezó el juego. Con alegría de juventud se armó la rueda y como armados caballeros nos fuimos pasando el arma. -Estoy muerto - gritó Odilio tirándose al suelo caliente de sol. -Resucitá, Odilio, dále, que es el turno de Bautista ahora. -Bautista, ya podés decir tus últimas palabras. -Gatillá, Pedro. Se salvó Bautista. -Acaba de morir Luis-, y Luis, divertido como siempre, se hizo el muerto, hasta que en pronta resurrección le tomó la pierna al compañero haciéndolo caer gracias a la sorpresa. Jugamos y reímos; de pronto apareció el bedel, nos amonestó y esa tarde no hicimos otra cosa que estudiar. Y después la cena y a los dormitorios. No lo tome con tanto tremendismo; si pretende trasvasar aquel aletazo negro que cubrió mi vida, haga que me extienda en aspectos y personajes de mi existencia, mis luchas y experiencias primero. ¿No dijo que se callaría?. Váyase de una vez... Usted me sumergió en esta historia, así que... Mi amigo Gustavo Soler, había ocultado la pistola entre sus ropas, y después del recreo y la cena, nos fuimos a descansar a nuestra habitación. -Qué te parece Victor si seguimos el juego; yo escondí la pistola, nadie me vio. -Vamos, qué bueno. Y una vez uno y una vez el otro y el arma de mano en mano... cada vez más caliente, cada vez más, y ellos cada vez más felices, emitían sigilosas risas por si aparecía el bedel. En una de esas, cuando el arma estaba en mis manos, salió el tiro. Era imposible que no diera en el blanco, y Gustavo cayó sobre la almohada y era mi mejor amigo y corrí desesperado en busca de auxilio, para qué, si él estaba muerto y era mi mejor amigo y yo era Víctor Castillo y yo lo había matado. Enloquecí. Todos acudieron a la pieza. Uno tras otro, me sacudían los ataques; ni entre cuatro me podían tener. Llamaron a mis padres y a los padres de todos. La policía por supuesto me detuvo. Declaré; todos declararon y todos fueron testigos. Al tiempo estuve de nuevo en el colegio. Mis compañeros cariñosos como siempre, pero yo jamás volví a ser el mismo. El hecho no se comentó en los periódicos. Claro, éramos los niños bien, de familias bien y había que mantener la reputación del colegio. Ruleta Rusa Una tarde llegaron al colegio los padres de Gustavo y solicitaron verme. Entré a la sala con la cabeza baja. A empujones me llevaron. Ellos también dijeron que me hubiese podido tocar a mí, que debía reponerme, que la vida continuaba, que... De la misma manera lo explicaron profesores y compañeros. Pero nunca más volví a ser el mismo, y aquel muchacho alegre, ahora introvertido, fue pendencioso y buscapleitos. Sobre el colegio veía sobrevolar el episodio y la bala maldita seguía siendo esa incógnita que nadie pudo explicar cómo apareció, que nadie vio, que nadie colocó. Cuando recibí el título, pedí ser enviado al lugar más inhóspito, a pesar de que por la relaciones de mis padres, me hubiese sido fácil conseguir una buena ubicación dentro del magisterio. A qué podía temer ahora sabiendo que la muerte era la que elegía. Y tenía 17 años y ante cualquier pelea me interponía a mano limpia. Enviaba a los diarios acusaciones bien argumentadas, directas y ciertas, que podían traerme consecuencias trágicas. A nada le temía. Intervine en peleas con caudillos -era mi época- y hasta ayudé a huir de la policía a acusados que no tenían quién los defendiese. Enfrenté a inspectores prepotentes que buscaban hacerse valer por el cargo que desempeñaban, casi siempre político, sólo por humillar a los pobres maestros rurales. Qué podrían importarme. Pensaron que buscaba la muerte. No. Yo sólo había perdido el amor a la vida. Al fin, un día me enamoré y me casé. Tuve una familia a la que nunca conté aquella desgracia de juventud. Marcela, agregue... Si realmente usted es el Víctor Castillo de mi historia, ya le costó demasiadas amarguras aquel juego de juventud. Bien se supo además que no tuvo la culpa, así que... Si me escuchara... Cuando pasan los años -explican los mismos jueces-, en algún momento las cosas se aclaran, como pasó con Víctor Castillo. Poca fortuna dejó al morir. Cuando la familia, entró a querer repartir sus pertenencias, comentó con admiración ese no miedo a nada que tenía. A uno de los hijos le legó sus antiguos papeles y fue éste el que encontró aquella carta que un día leyeron entre todos. Al acabar de leerla se miraron con dolor, y comprendieron al fin las tantas cosas que no entendían del proceder de Víctor. Ruleta Rusa. Y la carta decía: “Siento todavía el escozor con que me hirió el revés de la vida cuando asomaba virilmente a ella; en esa etapa en que el pensamiento, la sangre y el nervio se acorazan contra la duda y el miedo. Yo tenía las alforjas rebosando sueños de porvenir. A los 17 años y ya casi maestro, por una imprudencia, le quité la vida al mejor y más amigo de mis condiscípulos. No tuve un reproche de la madre, pero su mirada transmitió tal angustia, tal dolor, y tanto agobio moral, que hoy, después de tantos años, cada aniversario un aldabonazo de mil cristales rotos llora en mí...!!! Me hice rebelde en reclamo de protesta interior. Buscaba desahogos rubricando escritos casi libertarios, y más que a la argumentación razonada de los juicios respondía a esa conjugación absurda del qué, oyéndose a sí mismo y a la vanagloria de un egocentrismo que no admite controversias, se cree en lo indubitable de la Verdad! Pero llevo en mí como fructificación de aquella trágica desventura de mis 17 años, el antídoto de luz sin sombras que puso sello en mis normas: ¡La pupila de una madre! a la que arrebatándole el único hijo, me absolvió con un silencio, que no lo es tanto para que no deje de estar gritando en mí. A ese recuerdo yo lo hago sinónimo de injusticia y de violencia, y a imperio del revisionismo en que me ubico como desdichado actor de aquel marzo y del dolor que dejé como hito accidental, pero por mi culpa... ¡me han llevado a diagramar el sentido y fuerza que debemos dar a la vida...” Ruleta Rusa Ya vé, Víctor Castillo, intenté manejar los hilos de su historia, pero al fin fue usted el que acabó escribiéndola. ¿Se dio cuenta que al final lo dejé solo? Y ahora que sabe que no fue culpable, regrese Víctor Castillo. El humo de la noche se extiende y está por penetrar los más íntimos lugares. Regrese, Víctor Castillo ¿o no escucha acaso esa voz tan apenas voz, como de viento que desciende de alturas infinitas reclamándolo? Es su amigo, Gustavo Soler el que lo llama y es marzo Víctor. Ruleta Rusa Si, Marcela. Es el marzo final que hoy me acoge en la Ruleta Rusa de los tiempos. Al OesteDesde tiempo atrás, un extraño impulso me obliga a mirar hacia el poniente. Declinaba el sol y una excitación ingobernable se apoderaba de mí. Esto me hizo comprender, tras largos insomnios y anubarrado el espíritu, que sucumbía sin remedio. Decidí entonces salir en busca del Oeste. La decisión, despejada, urgente. Tomaría el único tren que llevaba camino hacia el ocaso. Lo que no imaginé fueron las veces que realizaría ese viaje. Viaje de ver el afuera y el adentro, de buscar aquel Oeste con única meta apetecida, meta ordenada, no sabía por quién ni por qué. Caminé rumbo a la estación. Saqué boleto, y al poco rato, el tablero del tren era la única música que glosaba mis pensamientos. Los viajes se sucedieron cada vez con mayor frecuencia. Mi ubicación: lado derecho y de la ventanilla. Veía, desde ahí, olear el campo como un mar verde que mostraba en sus crestas futuras espigas. En época de siembra, enredé la mirada distraída en los surcos trazados como a regla, y llegué a suponer, en viajes posteriores, que la llanura se metamorfoseaba con el cielo. Era cuando un cielo de lino se derramaba sobre la tierra, o se traducía en extensiones de mieses robustas y plenas de sol. Observé bandadas, presagio de tormentas, establecí comparaciones, soñé, imaginé vivir dentro de ese campo abierto al horizonte. Reconocí estancias por sus cascos y arboledas, las ciudades, los pueblos por su chatura material -no juzgué la otra-, y las estaciones de ferrocarril, todas calcadas, con gente de lento caminar y saludo fácil. Siempre no. Todas no. Existía una en la que nadie subía ni bajaba. Qué extraño, pensé. El tren cruzaba por ese pueblo poco antes de la oración, y confieso no haber visto en el lugar a ningún ser humano que no fuese el encargado de tocar la campana. Vi gallinas, tan comunes en las cercanías de las estaciones ferroviarias -sólo gallinas-, tan que saltan apenas para ponerse a salvo, tan acostumbradas al ruido de la locomotora y al traquetear de los vagones, tan de su raza la lenta movilidad. Después los cercos del que oscilan lilas, las campanillas. Y cada viaje igual, todo aquietado, detenido, arrebujado dentro de una bruma apenas insinuada. Por no conversar con nadie, por adentrarme en mis abismos, había adquirido la costumbre de aparentar, durante los viajes, una lectura que no era tal. Al Oeste, ventanilla derecha. Cambiaré la ubicación. El tren de la mañana cruza el pueblo contra el mediodía. Podré observarlo en ese horario. Será la última vez que pase sin bajarme, prometí. Al regreso ocupé el mismo asiento, sólo que ahora correspondía al lado izquierdo. Todo igual, la misma detenida atmósfera, el vuelo de algún pájaro, el camino con arena suelta moviéndose sobre él, ellos, molinos azulosos de viento con su rueda deteriorada, florecida de zinc. Después, quietud. Ni un chico corriendo. Ni una estampa humana recortándose bajo las sombras verdes. Nada. Bajaré en el próximo viaje, total, para el regreso algún auto me acercará a la ruta. Los vi pasar levantando la tierra arenosa. Los días se van sacudiendo con total lentitud y acrecientan mi impaciencia. Llevo el pueblo incrustado dentro de mí. Lo sueño. Lo deshago en ellos tratando de destruir esa inmovilidad que ostenta y me exaspera. En el delirio, hilvano recuerdos de viajes pasados. Estoy extenuado. Un desfile de imágenes se agita durante mis vigilias, y me veo llegar, y me reciben innúmeras gallinas, gallinas por todas partes, gallinas a las que nada ahuyenta: ni la campana, ni el hombre pardo que se desvanece en el aire que se filtra caliente, yo no sé por donde. Transpiro. Despierto agitado. El día llega. Es una realidad. Estreno un miedo ácido que contrasta con mi decisión. Al fin, estoy frente a la ventanilla. El boletero va a cortar el boleto de siempre, cuando... -No. Hoy sólo voy hasta..., le digo con urgencia en el momento justo en que el nombre del pueblo se ausenta de mi mente. Dejo pasar a otros en un intento de recordar, y termino deciéndole: -Hasta el pueblo que sigue a Tierras Coloradas, por favor. Me mira extrañado el boletero. -Qué -le digo-, ¿no puedo viajar hasta allí? -Claro que puede, sólo que hace tanto que nadie baja en ese pueblo. Y me da el boleto. Tomo el tren. Paso Tierras Coloradas, y desciendo en la próxima estación. Escucho el sonido estridente de la campana y al pasar, saludo al campanero que contesta reticente, en tanto se pierde dentro de la única y oscura oficina visible. Ahora voy por el camino que lleva al pueblo. Un aire apaciguado diluye la tarde. Tomo un puñado de tierra en infinitas arenas se hacen lluvia desde mi mano. Dejo pasar la primera casa. Considero una agresión llamar en la primera. Lo hago en la segunda, la que se levanta en una de las esquinas junto al cruce de los dos caminos. Nadie sale. Ni un perro, nada. Giro y ya estoy frente a la otra. Talas retorcidos, tipas y paraísos la acompañan. Más adentro se abre redonda la copa de un ombú. Chirría una ventana sobre goznes herrumbrados. Es el viento que deambula por la zona y la mueve y me acompaña permanente y sigiloso. De pronto escucho, sobrecogido, el chillido presagiante de una lechuza y veo pastos desgreñados que ocultan parte de un portón atado con alambre. Semienterrada en medio del patio, una olla de boca generosa, me ofrece una flor azul que no tardo en cortar. Cruzo la calle aproximándome a otra casa. Persianas caídas, y el viento que musita no sé qué estremecido asombro, me incitan a pasar el alambrado que la separa de la calle, permitiéndome ver el interior por la ventana ausente. Y ahí, contra el piso, una mesa semidestruída, una silla rota, desvencijada. Negro de hollín el mesón. Atisbo todavía otro cuarto donde una cama de hierro sostiene los restos de un colchón que agujerearon los goterones del techo, y todo, todo, cubierto con moho con olor a reposo. Retorno el patio. Dos postes sostienen un tercero desde donde cuelgan cuatro restos desparejos de cadena -final de hamacas o de infancias paralelas-. Los árboles, ahora sombras, se prolongan sobre la noche que ya derrama las suyas totales. A mi paso, corto una hoja de cedrón que sangra oloroso y arranco una de las campanillas que amansan el cerco. Invadido por intangibles presencias, retrocedo lentamente. Al hacerlo, tropiezo y caigo al fondo de una zanja. Entre los pastos húmedos, palpo una redondez que se deshace en mi mano: una pelota muerta en ausencia de patadas. Alzo la vista y veo todavía un techo levantado en forma de U mayúscula. Las puertas continúan con su chirriar, y el crujido de los molinos de viento semejan suspiros quebradizos y antiguos. En el avance, mi cara corta hilos de extendidas telarañas que atan enigmáticamente aquellas casas, aquellas puertas, aquellas sombras, aquella noche. Telarañas. Infinitas telarañas sostenidas por un silencio espectral que envuelve todo el pueblo. Y la noche es cierta, y yo en ella, con la soledad extendiéndose rígida bajo mi piel conmocionada. Estoy solo, absolutamente solo -pienso-, y en rápido giro retorno el regreso. Lo siento una huida. Las ramas más arriba se trizan como cristales y mis pasos se deshacen sobre las arenas del camino, única y tétrica compañía. Llego a la estación. Una fuerza poderosa me hace volver la cabeza. Quedo paralizado. Luces como de agotadas luciérnagas, oscilan lentamente sobre las casas de aquel pueblo. Acababa de recorrerlo deshabitado, agotado de vida. A nadie había visto en él, y ahora... -No se asuste -dice una voz filosa a mis espaldas- todas las noches regresan. Son los viejos, sabe. Vuelven a tomar posesión de los recuerdos. Cada uno a su casa en un retorno de evocaciones. Los jóvenes se marcharon a la ciudad, y ellos fueron muriendo aquí en un despido lento y desarticulado. -Quiero verlos, me voy, me voy a verlos, grité. El campanero me tomó firmemente del brazo diciéndome con urgencia: -Espere. No se vaya por favor. No lo dejarán, y si lo hacen, tiémblele usted a los huesos. Ni enterrados fueron, los cubrió la arena caritativamente, y aunque usted no me crea, nadie vino a reclamarlos. A mí me crió el dueño de la casa de la esquina, por eso me quedé, me quedé por él. Lo sepulté debajo de una olla en medio del patio. Pero, ¿qué piensa hacer ahora?, porque tren no hay hasta mañana, y autos... Sentí la flor azul, mórbida, humedecer mi mano, y a su contacto, me solté de aquel hombre y salí corriendo como estrenando fantasma a devolver aquella flor. Escuché lejos su grito de desesperación, pero ya comenzaban a iluminarme las primeras luces, tenues, enfermizas, que en danza vacilante, fueron mostrándome cada una de aquellas casas. El viento movía las telarañas más arriba. Las otras consiguieron atraparme, heladas, húmedas, pegándose insistentes y multiplicadas a la cara. Ahogado y sin defensa, supe en ese instante, por el temblor inusitado de mis huesos, que había encontrado al fin, el descanso total del Oeste, buscado durante tanto tiempo. Entre dos generaciones gracias a DiosPor el espejo retrovisor, lo ví todavía en la vereda desde donde me miraría hasta perderme de vista. Lo ví encorvado, blanco el cabello, los brazos a la espalda. Después doblé. Ahora habrá entrado a la casa y estará con ella. -Ella también gacha- también con tiempo en los cabellos, también con esa catarata que inhabilita parcialmente su mirada. ¿Y si retrocedo y me los llevo conmigo? No, están juntos y ya es bastante -la vejez no tendría que ser así- por qué el dolor de entender bien las cosas- por qué no poder valerse por si mismos-, ahora estarán sentados viendo pasar el día o esperando mi próxima visita. Y él le dirá “¿te acordás del día en que nació? -fue un sábado a las tres de la tarde”. Y ella: “tenía la melena oscura y abundante, claro, ahora tienen que atender la casa y la profesión, pero ¿por qué no se habrá quedado un rato más? somos viejos, quisiera tener los hijos más cerca”. Y bueno, acordáte: nosotros hicimos lo mismo - él la acaricia alentador, y después, un poco de televisión -sólo un poco, porque la vista...”. Giré varias calles hasta llegar a casa -Suena el teléfono -”¿sabés mamá? no tengo con quién dejar los chicos esta noche ¿podrías, o tenés algún compromiso?” -¿compromiso? no, ninguno. Contá conmigo. -”Qué suerte, así salgo tranquila”. Me siento en el berger rojo, estiro las piernas y pienso en esos achaques que me acercan a mis padres y que debo olvidar por el momento, y jugaré con mis nietos, y... otra vez el teléfono “Mamá, te molestaría mucho que duerman en tu casa; para que no tomen frío, sabés. -No, qué van a molestar” - “Gracias, sos un ángel”. Y el teléfono, y otra vez la voz de mamá: -”Vas a volver mañana, ya te extrañamos”- Un estremecimiento me recorre. Y llega mi él, cansado, la oficina todavía sobre sus espaldas. Le comento mi día y escucho: -“Y nosotros ¿cuándo?- Y nosotros estamos aquí, entre dos generaciones ¡gracias a Dios! -pero el tiempo, nuestro tiempo, corre como la sangre por las venas, hasta que un día el corazón diga se acabó- y acabado nuestro tiempo -qué- en el mío quedarán montones de páginas en blanco acompañándome ¿y en el tuyo?... “...Estarán almorzando -la cuchara vuelca, cosa que antes nunca sucedía, es que ahora un temblor les acompaña la mano, y esas piernas que no quieren avanzar y -”no peleen chicos, será posible”. Y “no van a venir hoy. Sabés, parece que tengo presión”. -“Querida, no te comprometas para mañana. Estamos invitados a un almuerzo con los dirigentes”. -Y mi pelo- mis uñas- mis músculos se estrechan en una mirada que pretende ser clara pero que dice de un esfuerzo por contener una lágrima-”. “Bueno hija, bueno, está bien, pero no olvides a tus padres, ya somos viejos”. “Mamá, mirá que clavo, Diego tiene fiebre -alta sí- no- no vengas- te decía nomás”. Y con el corazón partido en tres, acomodo horarios y salgo urgente hacia la vejez, corro hacia la infancia, y por fin, tomados de las manos, después de un árduo maquillaje: “Encantada señor Pérez -qué gusto verlo- era hora de que nos encontrásemos...” Después, la noche se exilia en la madrugada y llegamos al hogar. Tomamos la almohada con fervor ¿rezar?. Sí, claro: Padre Nuestro que estás en el cielo... La GordaLa conocí cuando nos mudamos al barrio. Estaba apoyada en la verja de la casa vecina y era una chica más o menos de mi edad. Me gustó y traté de provocar un acercamiento. Fui hasta la verja, me tomé de ella con una mano y hamaqué mi cuerpo de derecha a izquierda. Ni así pude conseguir su atención, entonces me solté y me caí. Ella siguió quieta. Yo no pude con mi manera de ser extrovertida y acabé preguntándole el nombre. -Soy la Gorda -dijo en voz baja y con lentitud, como reintegrándose al presente. -Y yo me llamo Laura. No me contestó. Por el contrario, se fue retrocediendo hacia el interior de la casa. En ese momento mamá me llamó para secundar al resto de la familia en la tarea de la mudanza. En mi cabeza giraba ininterrumpidamente la imagen de la Gorda. Y así un día y otro me acerqué a su casa, tratando de hacer amistad con ella. No fue fácil. Para conseguirlo, la dejé ganar en los juegos, ya que por ser algo torpe en sus movimientos, pocas veces lo lograba. Me pareció que así conseguía que estuviese más contenta con mi compañía, y yo era feliz. Estaba orgullosa por ser su amiga: mi amiga nueva en el barrio nuevo, pensaba. Los vecinos la saludaban: -Chau Gorda- o le decían: -Qué lindo vestido, Gorda. -Gorda, ¿no jugás hoy? Y desde la casa: -Gorda, a comer. -Gorda es hora que entrés. Ella miraba pasar a unos, obedecía a otros. Un día, sentadas las dos en el umbral, le pregunté la edad: -Cumplí siete -dijo, y agregó: -Mamá ya se había ido y mi hermana y papá, no me hicieron la torta ni la fiesta. -Qué lástima -le dije-, si querés, cuando sea el mío, vamos a apagar juntas las velitas. Después le pregunté: -¿Tu mamá no va a volver? -No sé... Siempre me paro aquí en la verja, por si la veo venir. -Seguro que un día va a volver y te va a hacer la torta -le dije. Y ella: -No sé. Se hace de día y de noche y nunca vuelve. -Pero ahora estamos juntas para esperarla. -Pero no viene -me contestó, y volvimos a la rayuela, tratando de llegar al cielito. Al poco tiempo, comenzaron las clases. Papá comentó en la mesa, un mediodía, que el señor de al lado le había dicho que la Gorda, tenía problemas en el aprendizaje y que, por ese motivo, debía ir a un colegio especializado. No me gustó lo de especializado. La cosa es que nos desencontramos con la Gorda y comencé a extrañarla. Por eso, cuando llegó el domingo, corrí a la verja. Ahí estaba. Ni bien me vió, me dijo: -Cuando yo no esté, sentate aquí a esperarla. La vas a conocer, porque se parece a la Virgen. Después, clavó los ojos lejos y se quedó muy quieta. No hubo rayuela, ni saltos, ni nada. La invité con los caramelos que prefería y le escuché decir: -Ella siempre me los compraba y... no me decía “la Gorda”. -¿Cómo te decía? -Me decía... ¿sabés que no me acuerdo?...bueno... a vos no te puedo mentir: era un secreto entre las dos... pero parece que no me acuerdo más en serio... no me acuerdo... Y se puso a llorar. Me hubiese gustado preguntarle muchas cosas, pero la palabra secreto detuvo mis preguntas. Pasó el tiempo. Nuestra casa se pobló de plantas y de recuerdos que crecieron igual que las plantas. Tuve otras amigas, pero siempre fue ella mi preferida. Sus silencios y algunas rarezas que le notaba a veces, eran para mí como misterios que me hacían intuir cosas. Después, cuando las comprendí, una pena lacerante, hurtó mi paz de adolescente. Para ese entonces, ya se conocían bastante las dos familias. Un día escuché cuando papá le decía a mamá: -Parece mentira que haya mujeres así. Abandonar a la familia ¡es increíble!, y dicen que con el otro se fue al exterior, no sé, lejos. Lloré. Lloré por la Gorda a la que la madre había abandonado y lloré porque descubrí que había madres que abandonan a sus hijos y lloré porque comprendí que la Gorda, seguiría esperando inútilmente a esa mamá “linda como la Virgen”. Lloré, sin saberlo, mi primera gran desilusión. Desde eses día, la quise más a la Gorda y mi pensamiento insistía en aquel nombre, con el que ya nadie volvería a llamarla. Después, la hermana me contó que por medio del Instituto había sido llevada a distintos médicos, y que éstos resolvieron internarla por un tiempo. Lo vi ir jueves y domingos a visitarla. Le llevaban cosas, a las que yo agregaba aquellos caramelos y algunas revistas. Con el tiempo, los paquetes se fueron achicando. En cierta oportunidad, el papá me dijo que ya no me molestara. Que la Gorda no quería ver a nadie. Que en el Instituto estaba bien. Que aquí todos trabajaban. Que a ella habría que cuidarla en forma permanente. Que los médicos prometen que con el tiempo... Pero pasó el tiempo y no hubo regreso de la Gorda. La familia comenzó a ir sólo los días domingos y a veces domingo por medio. -Total- decía la hermana- ni nos mira, no vale la pena molestar en el Instituto. Ni verla -pensé- y pensé en la palabra habituación y en la palabra olvido y endurecimiento, y un dolor desgarrante me enfrentó a esta nueva experiencia de la vida. -Allá también la llaman la Gorda. Si, claro. Solamente la Gorda.
Yo iba a cumplir quince años. Durante los preparativos de la fiesta, recordé aquella amiga que desde os siete, no la había vuelto a tener. En el barrio casi nadie la recordaba. La hermana se casó y se fue a vivir a otra provincia. El padre también volvió a casarse. -”A la Gorda no hay tan siquiera que visitarla, ni preocuparse. Total, no entiende nada...”. Si sigo medicina, un día voy a ir a buscarla -me dije. Y seguí medicina. Y corrió el tiempo. Una noche leí en el diario: “Incendio en el Instituto Santa María. No se deben lamentar desgracias personales”. Me quedé tranquila. Avivé recuerdos y entre ellos, “la Gorda”. Por suerte, no hubo desgracias personales.
-Buenos días, doctor. -Buenos días, ¿es usted la doctora Albornoz? -Si: Laura Albornoz. -Bien doctora: la hice llamar porque necesito todas las fichas de la Sala 8. Aquí figuran quince enfermos y sólo tengo catorce fichas, de las cuales, algunas están algo quemadas. ¿Podrá rehacerlas? -De acuerdo. Pero eso sí: la que falta no la voy a poder conseguir. La familia se mudó sin dejar dirección y hace muchísimo tiempo que no vienen por aquí. La enferma contesta sólo con miradas huidizas -diría yo-, y mi entecesora dejó constancia de que responde desde hace años al nombre de Gorda, “a veces pienso que me reconoce -si hasta parece que me fuera a decir algo-, acaso espera que le hable de aquella mamá linda como la Virgen que...” -Doctora, ¿qué está diciendo?, ¿se siente mal? -No no. Perdone. Decía..., ¿comenzamos otra ficha? -Por supuesto. -¿A nombre de quién? Juan - Caso N° 18Me gusta verte desde esta mesa, a medias escondida entre la columna aleonada y las cortinas. Tenés cara de buen tipo. Esto de observar, Juan, es una vieja manía que me acosa. No creas que siempre trae aparejada satisfacciones. También se sufren inconvenientes. Pero ahora, con tantas tazas de café vaciadas casi sin darme cuenta, sobre esta mesa que grita vida desde la telaraña de sus marcas, terminaré de componerte como un personaje más para mi archivo. Ya sé que llevás tres años en este bar. Ya sé que volvés a tu pueblo sólo para las fiestas. Ya sé que la pieza que alquilás tiene la medida de tus noches y la capacidad de oxígeno para aguantarte los domingos y a veces también los sábados. No me contés, ya lo sé. En un rincón, detrás de la mesa de luz, almacenás los gritos del patrón, el mal humor de los clientes y la carta que llega cada vez más demorada de Trinidad -tu sueño adolescente que crece con la ausencia- cosa rara en estos tiempos. Seguí sirviendo, Juan. Rápido. Las señoras que acaban de entrar no son justamente modelo de paciencia. Conocés ese tipo de mujeres. Vienen a charlar y demostrar que todavía pueden ejercer la dominación. Pero no te preocupés. Esa raza se acaba. Sí, Juan. Cambiá el platito inmediatamente. El café se volcó con el golpe de la cartera, pero la culpa es tuya, tuya la culpa de no poder tomarlo caliente y que la silla le haya corrido la media y tuya también la bronca con que venía desde antes del almuerzo. ¿Ahora? No. Ahora no podés estar pensando en Trini. Dále Juan, que después de tantas tazas de café, caminos con bandejas, caras con o sin paz, volverás por diez días a tu pueblo. Que queda lejos Tucumán. Que las cartas tardan. Que afuera los coches corren un apuro que enloquece -pero libres. Que aquí adentro el humo hace turbias las miradas. Que del sol, ni un rayo. Ya sé Juan que envidiás a la parejita que se instaló en el rincón más sombreado. Si casi me quitan el puesto. Tan luego ahora que pretendo terminar de verte. Corré Juan. Desde tres mesas te exigen la cuenta. Acaso algún generoso apoye tu ingreso para el grabador que será tu compañía. ¿Creías que ibas a descansar? No, Juan. Este bar es muy concurrido. Fijate en la mesa de la derecha. Se pobló de estudiantes. Agilizá la memoria Juan: todos pedirán algo distinto. ¿Miraste el reloj? Recién la una de la tarde. Te duele la noche que no pudiste dormir. Te duele el aire caminando en círculo, en mixta, en recta. No importa. Corré Juan, corré. Cerrá la mesa dos. Abrí la cuatro. Cerrá la diez y la nueve ahora y seguí, seguí. ¿Diste mal el vuelto? Repóngalo con sus propinas señor cabecita negra. ¿Que estás mareado Juan? No me digas. Mirá que atreverte a confesarlo. En vos no. Cómo vas a pensar en vos ahora. Sería imperdonable. Te está abandonando la cordura Juan. Sí. Ese del espejo sos vos, ¿no te conocés? Sí. Sos ese tucumano que bajó en Retiro hace dieciocho meses. Traías dos manos ávidas de trabajo y una esperanza masajeándote el pecho. Pobre Juan: tenés la boca seca. Tus ojos color de la tarde, anochecen, y son las cinco. No importa. La máquina humana es perfecta. Sobre tus pies andarás aún horas y después, después...
Juan sale. Cambió su chaqueta blanca de botones dorados cargada de humo y bar y charlas que no lo incluían, por el vaquero y la camisa a cuadros. el cambio de vestimenta lo reconfortaba como taza de caldo en mediodía de invierno. Te sigo. Estamos a jueves. Respirás ahora aire más puro. El horizonte está más allá de la ventana con cortinas. El ómnibus se acerca. Ahora hay que empujar, empujar, empujar un sueldo, los sueños, los cansancios, las esperas. La gente camina. Pasa, empuja, pasa. Y ahora la llave y el sandwich grande, nutritivo, completo y el vino y la cama. Vas a dormir, pero el cansancio te despierta. Primero son las piernas, por fin la cabeza. Tomá algo Juan. Algo que te haga olvidar que sos Juan, el mozo del bar Compañía.
Que Trini no escribió. Que nadie se dio cuenta de que te dolían las piernass. Que te dolía el alma. Que falta calcarte medio año, para regresar al pueblo. Dále Juan. Tu compañero sonará a las seis en punto. Acaso llegue carta de Trini. O acaso ni Trini. Se te cierran los ojos. Vas a entrar a soñar Juan. Sí, vienen en fila, como soldados con uniformes blancos. Por qué sonreís así, como llorando. Se te cierran los ojos. Las tazas avanzan en fila interminable. En el humo de las tazas llenas de café se esfuma y desdibuja la cara de Trini, tu propia cara Juan. Y la fina avanza: 1, 2, 10, 20, 40 tazas, 45, 100, 200.
Cerré la carpeta. El rótulo decía: ARCHIVO DE SOLOS – CAPITAL FEDERAL CASO Nro 18 Home
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