La tierra se abrió a mis pies. Los desplegué. Desde hacía un tiempo, tenían esa espectacular condición. De golpe se extendían como si fuesen los de un palmípedo. Eso cuando algo me aterraba. Se desplegaron y apoyados en un aire sulfuroso, me sentí descender. Mis pies en crecimiento, mis ojos, en horror. La luz del sol iba siendo un punto a la salida del agujero que me había succionado. Piso algo erizado, casi eléctrico. El agujero se ensancha. Continúo descendiendo. De trecho en trecho, por otras cavidades laterales se me acercan tentáculos viscosos, fosforescentes, similares a enormes lombrices. Desalojan apenas la oscuridad. Sigo descendiendo. Tiemblo y el sudor es una gotera de miedo que retumba en eco torturante. Mis sentidos han dejado de ser límites. Los siento pegados a la columna vertebral en hermetismo de hibernación cobarde. Las membranas de mis pies extendidas al máximo, se resquebrajan en ruidos dolorosos y se mezclan con los otros de los tentáculos transmisores de húmeda opresión. Encogido, hecho un nudo a la distancia de mi mundo, no me distiendo ni se siento. En ensañamiento resbaladizo me oprime todavía más y un dolor que todo lo penetra, se palpa, se enreda en los pensamientos, y sujeto a las paredes, me acompaña junto a mi miedo. Es diferente a todo lo conocido. Ahora parece... Si. Por fin he tocado el fondo del agujero que es ahora un lugar más ancho. Se ha ensanchado. Al ruido del golpe final, se suna un calor de volcán que me sofoca. En ese momento un tartamudeo de luz, arrastra la voz que preside el instante. -Esto es el centro de la tierra. -Imposible. Yo no estaría aquí. -Ha sido el elegido. -Yóoo... -Si. Cada siglo el centro de la tierra interna a un hombre para proceder a su verificación. -Uno en un siglo. Y ese uno soy yo. Yoo. Las palabras me entraban por el oído devueltas, agachadas, inútiles. -He sido elegido. Tendré por lo menos el derecho de saber que harán conmigo. -Te explicaremos. -Quéee. -Estudiaremos tus residuos. Nuestro equipo de rebots, verificará que se ha desequilibrado el hombre del planeta. -¿Y no seré más? -Si, serás. Volverás como hombre nuevo. Restablecido el equilibrio y la armonía en el centro de tu ser. Volverás. -Pero, ¿volveré rubio o morocho? -Anoten: equilibrar la estupidez. Parlantes ocultados con estrategia transmitían la orden superior y mi inconsciente continuaba: -¿Altura? Porque quiero ser alto. Recuerden. -Anoten: dosificar la vida interior. Descontrolado, sigo aflorando a la superficie como retransmitido por un espejo. -¿Tendré dinero y fama? -Anoten: controlar el orgollo. Metan a fondo la palanca de la justicia y esa otra de la derecha, esa, fundidora de materialismos, esa, más, más a fondo. -Y éstas manos, ¿qué posibilidades tendrán? -El deseo de hacer se mantiene; contrólese al máximo. Soplan en la superficie aires de máquinas. Es una fiebre nueva. La de los engranajes. De golpe recuerdo que por sobre mi cabeza, los míos estarán caminándome, ajenos a esta situación a la que estoy sometido. Ese recuerdo hace vibrar el sedimento correspondiente a mi materia superior y mis residuos se arquean en una última pregunta. Estoy casi extenuado. -¿Podré amar? Un suspiro envuelve el abismo y escucho la voz: -Persiste el amor. Los residuos serás rescatables. Desde una rara sensación de liviandad, deshecho en un encaje de partículas con límite humano, percibo todavía como dentro del continente de un sueño, un tronar de manijas que bajan y botones que se oprimen. Engranajes circulares estarían triturando mis compuestos humanos a la orden ahora urgente: -Rápido. Ajusten los tentáculos y expriman con rigor. Ciernan los residuos. Hechos los agregados correspondientes a la verificación, restitúyanlo a la superficie. Muevan ese botón que en estado normal dará las setenta y seis pulsaciones. Ese debe ir a fondo. Nosotros nos abocaremos al estudio de la oxidación del amor y la justicia, en la superficie del planeta. Por el mismo agujero que me había succionado, era ahora un impulso que subía con forma de hombre. Pasé frente a los mismos agujeros por donde la fosforescencia de los tentáculos se iba metiendo a contra agujero. Pude ver mis pies. Ya no eran pies de palmípedos. Tampoco eran dos. Eran distintos pies. Amoratados, estriados los talones, oscuros, gastados en proporción al tiempo de vida. El olor del agujero crujía, diluyéndose a medida que lo invadían las primeras insinuaciones de la luz solar. Bajé los ojos. Mis pies se desperezaban en mi extremo inferior. Los usé para pararme sobre el mundo.
Fue el amanecer de un viernes, que pasaría a la historia de la Humanidad como EL VIERNES. Distinto desde las ventanas. Distinto desde ese sexto sentido que hostiga en la punta de los dedos y mantiene los cuerpos expectantes, hasta hacerlos percibir el roce de los pensamientos. Los árboles absorbían el misterio y tragaban savia y sombra, en tanto el interrogante, emergía desde todos los rincones. El viento jugaba flemático. En un dilatado bostezo el viento comenzó a jugar con la tierra. La abandona después, dejándola aquietada en un éxtasis sibilino. Ten lento se desmayaba el aire sobre la tarde, que podría tragárselo a cucharadas. Los hombres gastaban esas horas en lo de siempre, como si nunca fueran a terminar de pasar. Respiraban apurados por sus conquistas diarias y la atracción del sexo, empezaba y terminaba en una fiebre instintiva, donde el amor era el gran ausente, en el límite justo en que una cabeza se apoya en otra. Este modo de vida fue el causante del enrarecimiento del aire y ahora una sombra siniestra ya los envolvía a todos. Si procedió de esas sombras, si se originó en la nada, si arrancó de las cumbres o ascendió de las simas, quedará para siempre en el misterio de ese amanecer. Pero la orden grave, firme, abismal, se produjo, y un vértigo desesperado de carreras, de encierros, de arrepentimientos tardíos arremolinó a la Humanidad. Era evidente que la orden sin orígenes visibles se cumpliría inexorable:
“Puesto el sol, todo ser humano perderá su corporeidad. Permanecerá solo el elemento óseo. Únicamente sobre los que la proporción del espíritu sea superior al de la materia, descenderá una túnica nebulosa y azulada, evitándoles la espeluznante exposición de su osamenta”.
La orden caminó sobre el dorso del viento, embistió a los hombres, los penetró por los poros de la piel y se detuvo hecha grito en sus conciencias. Entonces se escuchó un ruido de ventanas que se abrían precipitadamente y por ellas se vio arrojar con desesperación, todo aquello que representaba poderes materiales. El viento, convertido ahora en ráfaga, cómplice, se encargó de arrastrarlos dando tumbos, produciendo el efecto de largas carcajadas. Se vieron manos conformadas por cortos dedos, inventar la captura de flores, en jardines ignorados hasta el momento. Otros se inmolaban en la lectura de poetas, lastimándose contra palabras, impenetrables, en busca de contagio urgente e imposible. En los cerebros ágiles de hábiles maquinadores de negocios continuos e insaciables, estrenaron la idea de la caricia tantas veces postergada, en tanto los que vivían del engaño (como estilo), huían despavoridos ante el instante de la revelación. Y el instante estaba ahí, detenido sobre el último rayo y los enfrentaba. El sol moría. Detrás del horizonte, se despeñaba la tarde del Viernes en que la Humanidad iría a conocer, por una orden de orígenes ignorados, la estadística más melancólica de la historia. El viento oleaba sobre cada minuto y cuando el último rayo de luz fue absorbido por las sombras, las sombras avanzaron y se hicieron caricia persecutoria de cada ser. El movimiento del aire se acentuó. La obscuridad se hizo músculo y enfrentó a los hombres, nudos de terror. Y aquí y allá y detrás de los pilares y dentro de las casas y detrás de los altares, en las celdas de las cárceles, en las villa y en los pisos de lujo, en las tropas del ejército, en las calles y avenidas, en medio de los campos, en los hospitales y en la sociedad de las letras, en las fábricas y en los círculos musicales, los hombres, reducidos a esqueletos fosforescentes, hacían de esa noche, un cementerio ambulante y vertical. Y aquí y allá y detrás de los pilares y dentro de las casas y detrás de los altares, en las celdas de las cárceles, en las villa y en los pisos de lujo, en las tropas del ejército, en las calles y avenidas, en medio de los campos, en los hospitales y en la sociedad de las letras, en las fábricas y en los círculos musicales, se vio caer sobre algunos, velos tenues, azulosos, que el viento ahuecaba produciendo un silbido inquietante e inquisidor. Caían sobre los elegidos en una mínima selección. Caían para perplejidad de muchos, para amarga desilusión de tantos. Las tinieblas reventaban en heridas por las que aparecían fosforescentes esqueletos en los lugares más insólitos, en tanto el aire se filtraba por ellos, provocando una música de juicio final adelantado. Era en esos momentos una Humanidad poblada de miedos y turbada por desilusiones. La orden de realizar aquel censo se cumplía y esa noche del viernes, un crujido de huesos recorrió la tierra. Contra el suelo, pasó agachado un perfume gris, que insufló los velos a modo de despedida. El viento se detuvo. La noche del viernes caminaba hacia la luz. Y cuando la Humanidad censada, se preparaba a vivir la normalidad del sábado, alguien tropezó con uno de esos velos aquietado en la tierra, respirando con la imperceptible levedad de su espíritu. Atropelló la Humanidad, ávida de encontrar al Hombre perfecto que pernoctara ahí. Debajo del velo escuchó apenas un rumor. Como si estuvieran quebrándose ilusiones. Se apresuraron entonces las manos con temblor de latido. Lo levantan. Y ahí, los ojos de la Humanidad se columpian colgados del mayor de los asombros. Debajo del velo, del más leve y perceptible de los velos, se vio brillar espléndida, seductora y nostálgica, la ausencia presente de: LA NADA.
Esta es la historia del día en que los hombres pudieron verse la mirada. Siempre me atrajo la mirada de la gente, porque la gente va metida en la mirada. La mirada está impresa en los ojos. No importa forma ni color.
Las cañas de ámbar aquietaban el jardín con su fragancia, cuando abrí la ventana y respiré el aire de una madrugada notablemente diferente. Me había desvelado, ¿o era acaso el comienzo de otro sueño sumergido en mi sueño? Era el amanecer. Por eso, cuando las luces despertaron las formas, noté recortándose la figura de los hombres en la atmósfera rectangular de las ventanas. Estaban callados pero presentes, igual que el perfume de mis cañas. Una brisa sigilosa movía el aire. Una brisa temblante, como originada por un caer de plumas procedente del cementerio de los pájaros, que figuro colgado de algún rincón del cielo. Una brisa, que al rozar la piel me estremeció. En ese momento tan singular, percibí algo extraño en los ojos de los hombres: crecían, distendían su límite, desplazando aquellos rasgos que las caras habían adquirido en el tiempo de la vida. Así replegados, daban paso a una visión nueva. El proceso era alucinante. Los ojos crecían, se hacían panorámicos, hasta quedar convertidos en imponentes visores cuya intención, era ver dentro de los demás seres, con un deseo de juzgar incontrolado. Y los ojos se multiplicaban. Los veía celestes, pardos, negros, verdes, ojos límites, atrapantes, melancólicos, serenos, agrios, efervescentes, ingenuos, solos. Que interesante. Poseer una visión agrandada y poderosa que se introduzca en los hechos, los descubra y proceda en consecuencia. Ese fue mi error. La nueva visión iba a sorprendernos a todos al variar en ella, imprevistamente, el cumplimiento de una ley física, con su correspondiente resultado desconcertante. La Humanidad estaba silenciosa. Lo único que cortaba el silencio era el perfume de mis cañas, y el rumor convexo de las miradas en ese raro proceso de expansión. Clavado el sol en la mitad del cielo, los hombres, instintivamente pestañearon para no enceguecer. Se enfrentaron entonces el obstáculo de la asombrosa dimensión. Y ese fue el instante en el que de un solo impulso, se corrigió el destino de infinidad de seres. Mis cañas de ámbar ondularon su hábito de rigidez y el perfume recorrió enigmático el jardín, mientras todos nos mirábamos en una engañosa cercanía del desierto. Dije que el sol estaba en la mitad del cielo, ¿o lo soñé? ¿O soñé que soñaba un sueño de sol o de ojos?. ¿O de ojos con sol? ¿O eran ojos con tibieza apoderada del sol? ¿O despierto, buscaba sol o su calor? Pero dije: el sol estaba clavado en la mitad del cielo. Dije que irradiaba luz con ardor y verticalidad sobre los vastos ojos de los hombres. ¿O no lo dije? Era el medio día de la Humanidad, ¿o la Humanidad atardecía? Supe sí, que era llegado el instante del desafío, pero muy pronto le siguió a este una naufragada pretención de enfrentamiento. Apenas un instante. Con desconcierto y lentitud los hombres abordaron el hecho. Entonces, descendieron los párpados hasta formar un horizonte de pestañas, y por entre ellas, vi escapar algunos lamentos de luz en cautiverio. De esta manera se hizo posible la variante de la ley física citada, ya que al quedar la luz de éste lado de la lente, las imágenes interiores se proyectaron afuera. Entonces el hombre se vió, porque pudo mirarse. En la atmósfera se concentraron innumerables interjecciones escapadas de la boca de los hombres, arrancadas por la sorpresa, el horror, la lástima, la vergüenza, la desesperación, la tranquilidad, el reencuentro, la conmiseración, la paz. Se escuchó muy lejano aquello de: “El que esté limpio, que tire...”, porque ningún sonido se pierde en el universo. Y un rodar de piedras fondeó en el suelo el planeta, en tanto los deseo s de condenar se apaciguaban. La conciencia de los hombres se movilizó, anudándose con dolor, justo en la mitad del pecho y pudo así desintegrar odios, resquebrajar mentiras, liberar falsedades, inutilizar ambiciones, tapiar avaricias, martillar egoísmos. Consumado aquel momento, el sol prisionero dentro de los ojos, desbordó, y se enredó en las pestañas permitiendo al fin que se elevaran aquellos mismo párpados ciclópeos. En la cornisa de esos párpados, se dibujó una línea brillosa, como la del horizonte como cuando empieza amanecer. Luego ese brillo se condensó en un punto, tomó volumen y balanceó de cuna acabada de estrenar, y al retomar los ojos su antiguo tamaño, fue estrujado. Después se despeñó por los pómulos y acabó por conformar una sola y enorme lágrima. Ese día, un nuevo rocío cayó sobre la Humanidad. Lo descubrí resbalando sobre el perfume de mis cañas.
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